Contrastes

Una época ha muerto. La época del romanticismo paso a la historia, la poesía es cosa del pasado.

En este nuevo mundo, uno lleno de oscuridad, remordimiento y temor, el arte de amar es perseguido por una turba; una muchedumbre de entes con corazones rotos, con alma rasgada y sin espíritu.

Desandan por las calles con maletines grises y negros, sin sonrisas reales, con miradas vacías.

Tazas de café que ya no quitan el sueño. Tazas de té que ya no ayudan a dormir.

Se sientan en un escritorio que ha separado ambos hemisferios de su cerebro y ha apagado el lado derecho, dejando de forma definitiva la lógica como elemento dominante.

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Ya no conectan con la naturaleza, no les es posible ver los arcoíris, no se detendrían a contemplar una aurora boreal, o el canto de algún ave, o los ojos de alguien más. Alguien más, alguien que si ve las cosas maravillosas que existen, lo mágico, lo etéreo. En este mundo gris aún existen personas con colores.

Están ocultos con sacos negros, zapatos de vestir y correas de marcas. Se ocultan de aquella energía oscura que a ensombrecido nuestro mundo. Se esconden en cabinas de teléfono, en las esquinas de los trenes, en el asiento de la ventana en algún avión, mirando las nubes, esta alguno.

Son esos que, entre la multitud pueden verse y, con disimulo y cuidado se sonríen. Son esos adaptados que trabajan de encubiertos entre papeles llenos de números, pero que en su tiempo libre escriben versos a lo inanimado, canciones a los amores perdidos y hablan de arquetipos olvidados.

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Son esos que beben café por placer, toman el té por quien los acompaña y se detienen unos segundos en medio de la acera para contemplar las primeras gotas antes del aguacero.

Están ahí afuera, tratando de colorear a los demás, a quienes se dejan, a quienes pueden aun despertar… y los estamos perdiendo. Sus colores se desvanecen. Algunos ya son color pastel, otros se han manchado de gris y están opacos y algunos, como todo en exceso hace mal, se han tornado de colores niquelados y metálicos y se creen por encima de los demás.

Que nadie nos haga tenues, que nadie nos quite color… que nadie nos haga gris. La revolución puede comenzar por un abrazo, una palabra sincera, un beso inesperado, sexo entre papeles. Una sonrisa oportuna, un elogio del corazón, una mirada del alma.

Dijo mi poetisa favorita una vez ¡Boicoteen el puto sistema!

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El amor de mi vida

  • ¡Ya me voy a casa! _Grité como despedida.
  • Déjame acompañarte. Me pongo algo encima y me esperas. _Dijo ella corriendo a la habitación.

Paso sus manos por su hermoso y rizado cabello. Un montón de pelo grueso y fuerte. Buscó un abrigo en forma de capa, aseguró sus lentes y salió detrás de mí.

  • Sabes que no tienes que hacerlo, es tarde y es peligroso para ti.
  • A mí no me van a quitar nada, porque no ando con dinero ni celular; además, sabes que me encanta acompañarte. _Me decía mientras me tocaba la mano derecha. – Déjame ayudarte con eso que llevas.
  • No, no es necesario. _ Le dije en vano.
  • Dámelo, ven. _Dijo casi arrebatando de mi mano el maletín.
  • A veces eres desesperante. ¿Sabias?
  • ¿Yo? _ Pregunto en tono ingenuo.

Su mirada de ternura me contagio, estaba más hermosa aquella noche. Todos los días la veo más bella. Ella no imagina lo mucho que me gusta caminar a su lado, aun cuando siempre está hablando, contándome algo, tratándome como a un niño, cuidándome más de la cuenta.

Adoro tomarla de la mano a lo largo del sendero, darle besos de sorpresa en la frente, oler su pelo, ayudarla a cruzar la calle (Aun cuando le hago creer que ella es quien me ayuda a mí).

No sé si sabe cuánto la amo y cuanto me gusta dedicarle de mi tiempo. Escuchar su voz casi indetenible Preguntando: ¿Tienes hambre? ¿Quieres algo? ¿Te hago chocolate? ¿Mi cena está ahí, puedes comer?

Me gusta abrazarla, aunque ella es demasiado eléctrica para quedarse un rato en un solo lugar y, el abrazo se termina antes de lo que quisiera poniéndose en camino para hacer la siguiente tarea.

He aprendido tanto de ella, de sus aciertos, de sus errores… de sus virtudes. Sigue orando por mí aun cuando sabe que, ni por mí mismo digo plegarias.

Es el amor de mi vida, por lo que ha sido, por lo que es. Te amo.

Le doy gracias a la vida por ser tu hijo, aun cuando no he sido lo que tú esperabas que fuera.

Dedicado a mi madre.

Juana E. De la cruz.

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UFOVNI

¿Cómo podría definirse la palabra exclusividad cuando se habla de relaciones?

Muchas personas colocan esta palabra como un elemento sumamente importante en las relaciones sentimentales, sexuales o de pareja: “No debería sentir eso por nadie más que por mi” “Si esta con otras personas en la cama, es porque no se satisface conmigo” “No debes mirar a nadie más que a mi”

Podría leerse un tanto extremista en un sentido, o justo, en otros ojos.

Pero a ver, ¿Qué es lo que hace especial el hecho de que una persona sea exclusiva para nosotros en cualquier sentido de la vida? ¿Existe en verdad la exclusividad total? Respondamos estas preguntas tomando en cuenta nuestras vidas digitalmente desarrolladas.

Hay muchas interrogantes sobre el tema del sentido de pertenencia que puede sentir una persona hacia otra, solo que no nos llegan tan definidas que podamos decirlas a penas nos pregunten, sin embargo; hablando del hecho que hace especial el tema de la exclusividad relacional, ¿Queremos que alguien sea solo nuestro en algún sentido, por el hecho de no haber vivido, probado o tocado otras realidades? Para darme a entender mejor hago esta extraña comparación:

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Cada uno de nosotros es un planeta, y nuestras relaciones con otras personas son visitas, alienígenas que vienen y se quedan un tiempo, o se van al poco rato.

Algunos llegan, miran todo y, por malvados o por idiotas; destruyen a su paso lo bonito que hay, dejan huellas de destrucción en su partida y pedazos de las partes dañadas de sus mal cuidadas naves. Otros llegan, aprenden y se quedan, se hacen uno con nuestro ecosistema, descubren nuevas cosas en nuestra inmensidad, cosas que ni nosotros conocíamos, nuevas especies de pensamientos, virtudes y saberes que ponen en nuestro inventario, en la lista de elementos que coexisten en nuestra atmósfera.

Son muchas personas. Van y vienen por que no pueden estar siempre en un solo planeta, al igual que nosotros.

Cuando una persona quiere que alguien no haga algo con nadie más que si mismo, está tratando de arruinar la nave de esa persona, de arrestar parte de él en su planeta y obligarlo a que esa parte de su ser quede ahí, encerrado.

Esta es la gran pregunta: ¿Qué es preferible para nosotros?

  1. Tener a alguien que, con miedos, dudas, indecisiones o por cobardía, deje parte de si en nuestro planeta.
  2. Encontrar alguien que, a pesar de haber conocido tantos planetas como tú, deje gran parte de su ser para regresar al tuyo, porque a pesar de tanta diversidad esa persona elige tu ecosistema, tu atmósfera, tu estratosfera, tu superficie, y la habita de tal manera que los demás planetas son solo una visita amigable, un viaje con regreso, un café improvisado, conversaciones sobre ti; libertad de irse y volver a ti.

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Eso… eso es lo que hace especial el deseo de pertenencia en las relaciones. Todo aquel que desea que otro le pertenezca, está queriendo encerrar un alma, sin embargo, quien entiende y respeta la libertad que tienen los demás de decidir dónde quieren estar y encuentra un ser que, aun sabiendo la libertad que tiene, decide entregarse a alguien por voluntad propia, eso es algo mágico.

Tener la libertad de decidir en qué jaula encerrarse, es también una forma de libertad, más aun si esa jaula nunca está cerrada. Aprendamos a ser libres… y a ser como esas jaulas que alguien decide habitar por que parecen nidos.

“Adoro que, a pesar de tener la libertad de poder habitar otros planetas, eligieras hacer una base en el mío”

Memorias

– Es una chica linda.

Así la describieron la primera vez que me hablaron de ella. Y no fue exagerando, ella era linda.

No. Ella era extrañamente bonita.

Piel canela, cachetes colorados y una hermosa sonrisa de la que salió un alegre “Hola”

Era de esas personas que conoces y no imaginas que serán si quiera amigos.

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Recuerdo que una noche bailamos. Varias veces bailamos. Un ceñido vestido cubría su tersa piel hasta unas cuantas pulgadas encima de sus rodillas, dejando al descubierto unas hermosas piernas que, a ritmo de merengue se movían, a veces sin ritmo a causa del alcohol.

En cada giro, su cabello lanzaba esporas perfumadas en mi rostro. Aquel olor hacia más cómodo bailar rompiendo las leyes físicas del espacio.

Recuerdo que un día comimos. Tiene el don de comer y no perder la figura. Sonreía y suspiraba con cada bocado. Tiene el candor de una frágil rosa, de esas que, aun en otoño, luchan para no dejar sus pétalos caer y prefieren congelarse en invierno. Entonces sonrió al verme mirándola:

– ¿Que? Tengo hambre.

Me replicó. Lo que a su vez me hizo sonreír.

Su sonrisa podría partir en dos un arcoíris y tomar su lugar. Y su tierno mirar sosegar a la bestia menos dócil.

Recuerdo que una noche cogimos. Quizás no fue el mejor momento, quizás no fue la vida correcta… pero pasó. La tomé de las manos y, como si pidiera permiso para besarla, me acerque tímido. Sentí su sonrisa frente a mis labios y su lengua, amable, me recibió como si su boca fuera mi hogar.

Un beso de esos lentos, de esos que duran unos segundos, tiempo suficiente para que haya aparecido un sentimiento extraño… como si nos hubiésemos conocido de antes.

Sus pechos, los más hermosos que había visto en mi vida, firmes en mis manos y suaves al tacto como nublo frente al aire; orgullosos, cortaron las distancias que separaban su calor de mis ganas. Las ganas de conocer su sabor, el sudor de sus piernas, la esencia que de su piel emanaba.

Al bajar de sus altas montañas por el sendero de su abdomen; por donde agua dulce fluía, llegue exhausto a su valle. Con sed tome del agua de su arrollo y las ondas removían sus orillas.

Al verla allí, con los ojos cerrados; al contrario que sus piernas, sonreí. Como cuando en un sueño estas volando a tu antojo y sientes como tu cuerpo disfruta cada centímetro del viaje hacia el espacio… Así sintió mi cuerpo nadar en sus adentros.

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Entonces sentí aquello, aquel “Clic” que hacen las mentes que, posiblemente, se hayan conocido en otras vidas. Aquella sensación extraña de haber viajado a ese lugar que no conocías, de haber hecho antes, aquello que empezabas a realizar; ese sentimiento de que, esta idea que acabas de tener podría ser un recuerdo.

No podría olvidar que una vez lloramos. Luego de un lindo día caminando en un feo sitio de la ciudad. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus pupilas reflejaban impotencia. Allí pude ver su lado quebradizo, allí se rompió por el simple hecho de pensar  que los demás pensaban de ella, lo que ella no era. La abrace un momento y trate de hacerla entender que no debía dejar que otra persona la dañara, aun cuando ella quisiera a esa persona.

No recuerdo cuando nació nuestra amistad. Si fue mientras bailamos, o cuando comimos juntos. No recuerdo si fue mientras cogimos o cuando sus ojos empaparon mis hombros. De verdad que no recuerdo… Una amistad extraña para nosotros que, de habernos encontrado en otra vida, en otras circunstancias, con otra realidad; quizás aún estuviésemos viajando, yo en sus adentros y ella en mis pensamientos.

 

Fotografía: Ramón Guerrero
Modelo: Cora Gonzalez

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No, ella no es mi novia.

¿Amantes? ¿Nos pueden llamar así si cogemos aunque yo no tenga pareja?

No sé si tiene pareja, y no me importa, si no me lo ha dicho es porque no le interesa que lo sepa, además de que nunca le he preguntado, y no creo que lo haga tampoco.

¿Qué somos? ¿Tienen alguna necesidad psicológica de ponerle nombre a todo?

 

No sé si es mi alma gemela o si tiene en su dedo, el otro extremo del hilo amarrado a mi meñique. No sé lo que somos, ni me interesa.

 

Es más, llámenlo como quieran.

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Lo que sí sé, es que cuando me besa se siente como si de mi lengua dependiera el oxígeno que su cuerpo necesita. De lo que estoy seguro es, que sus ojos me miran con una lujuria, tan ardiente como gigante roja.

Es directa como cañón de alto calibre, casi siempre da en el blanco; y, si no atina a mi diana, entonces le disparo yo, hasta terminar entre sus labios en un intercambio de disparos.

La conocí después de besarla. Luego de que sus dientes mordieran mi lengua y; a obscuras, sus manos conocían la estructura de mi espalda, no tuvimos tiempo de hablar, o de llegar a un acuerdo, firmamos de mutuo consentimiento la oportunidad que nos había tocado. Yo firme al tocar sus nalgas, ella cuando subió a mis caderas.

Se hizo mi aprendiz al desnudo, y con húmedos argumentos me convenció de ser su maestro. Sin miedo, sin vergüenzas nos entregamos a las tentaciones de la carne; ya no temo al infierno, tiene cielo entre sus piernas.

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Y no, no tiene nombré, ni etiquetas… no declaramos las caricias que nos dimos, ni pusimos una regla o limite cuando ella me llamo “perro” y yo le dije “puta”. No nos ofendimos, ni cuando ella mordió; sin previo aviso mis nalgas o cuando sin aviso previo hale con fuerza sus cabellos.

No nombramos el sudor de nuestros cuerpos, ni le puse algún apodo al arañazo que me hizo en las costillas… Y es que si designo un nombre a lo que hacemos se volverá objetivo, en cambio; si queda innombrado, sin protocolo, sin formalismo… se queda más cercano a lo abstracto más etéreo. Surreal.

Si he de reconocerlo de alguna manera, lo nuestro seria compartirnos, disfrutarnos, cogernos; matarnos y vivirnos. Un complejo ir y venir.

Y así lo vamos a dejar, hasta que ella se canse de pedirme más, o hasta que yo me harte de tener ya menos.

 

Gratitud a Carolin Rosario (Mi Princesa Rebelde) Por inspirar este escrito.