Objetivo En La Mira

Salimos casi a la misma hora de todos los días y con la misma prisa inexistente de siempre.

Esa tarde nublada de un otoño caribeño, me tomaba del brazo tratando de buscar un poquito de calor para ahuyentar la brisa fresca que, plácidamente, golpeaba su cuerpo.

  • Esto te conviene. Dijo, con su mirada picara.
  • No me molesta, hoy el clima está a mi favor. Sonreí, lo que la hizo sonreír también.

Su sonrisa es algo casi imposible de describir, sin embargo, inspira tantas cosas que parece algo paradójico. Una sonrisa fuerte, de esas que salen repentinamente y estiran los cachetes hasta convertirlos en una redonda masa tierna que puedes morder.

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Caminamos despacio todo el transcurso, hablando de todo un poco. Aquella conversación se tornó más interesante cuando menciono que había soñado conmigo.

  • Wow, y que soñaste. Dije con el corazón palpitando un tanto más rápido que de costumbre y tratando de actuar como que no me había sorprendido.
  • Nada malo. Dijo, y puso aquella mirada que roba de mí la paz y atormenta mis deseos. – Soñé que te tumbe en un mueble y que íbamos a hacer el amor.

Su mirada, que normalmente me inducía a querer perderme en sus pupilas, era tan apacible como nubes blancas y calaba tan hondo que podías sentir que te tocaba al poner sus ojos en ti, como si te tocara el pecho, te rozara el alma y soplaba débilmente tu espíritu. Utopia.

No paraba de mirarme entre tiempos. Yo estaba haciendo un gran esfuerzo para no besarla en medio de la calle. Necesitaba aparentar que tenía aquel control de mí mismo, ese que ya había perdido.

Como siempre mi mente me llevo a aquella escena y se reprodujo una y otra vez en mi cabeza, dándome en cada una diferentes posibilidades de lo que quizás paso en aquel sueño: Besos, caricias, posiciones.

  • Pareciera que lo haces adrede, sabes que tan creativo soy y me dices eso.
  • Si, lo sé, pero mi sueño no paso de ahí, solo te tumbe en el mueble y término. Dijo esto como si supiera lo que pasaría al decírmelo.
  • ¿Y por qué no dijiste antes que termino ahí? Ya en mi cabeza te he follado en varias posiciones. Dije un tanto espontaneo.
  • ¿Qué posiciones? Quiero saber. Pregunto descaradamente y con el rostro pícaro que como magneto me atrae.
  • ¿Para qué quieres saber? Ya no importa. Le seguí el juego y cambie la bolsa que llevada de mi mano izquierda a la derecha.
  • ¿Quizás esa en la que pondrías mis piernas hacia arriba y abiertas?

La mire directo a los ojos, estaban llenos de una malicia angelical. No puedo negar que de solo imaginarla desnuda me excite y, tratando de ocultar lo que podía delatarme, puse la bolsa al nivel de mi entre pierna.

  • Mira, podría ser en ese sofá. Señalo aquel segundo piso en un edificio cercano, el mismo que en caminatas anteriores había señalado como “Perfecto” para tener una noche de sexo salvaje.
  • ¿No deberías hacer eso?

armas-de-mujer-3Sonrió y pregunto por qué, aun sabiendo la respuesta; le gustaba escucharla de mi boca.

Trate de no mirarla a los ojos, ni a los labios, ni a las caderas…solo trate de no mirarla; pero falle y sin darme cuenta ya mis labios estaban sobre su sonrisa.

Sus labios tenían la forma de mis besos aun cuando son más grandes que los míos; aun siendo tan suaves, tan dulces…

En un segundo de eternidad y, aun sonriendo, se alejó de mi rostro dándome a entender que ese era su objetivo; destruir mi calma.

Esa noche aprendí dos cosas: Que esta mujer sabe cómo usar sus armas y más importante aún, sabe que estoy dispuesto a morir si ella decidiera convertirme en su objetivo.

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Horas Extras

Eran ya las 5:00pm de la tarde, hora en la que debíamos estar camino a casa, pero ese día ameritaba quedarse un poco más para terminar la faena con buen pie.

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Los compañeros de trabajo que siempre llegaban apresurados pero se iban pacientemente, se alistaban para dejar la oficina con premura.

En aquel inmenso departamento, de cubículos anchos; nos encontramos solos sin darnos cuenta, hasta que percibimos el silencio, entonces sentí que me miró con un temor tierno al saber lo mucho que me gustaba y lo atrevido que era.

Trató de ocultar sus pensamientos para no darme motivos de querer tentarla, pero al parecer no imaginó que desde antes, eso estaba en mi mente.

Seguimos viendo la computadora, analizando un proceso que comenzó a dejar de ser trabajo cuando toqué su mano, que estaba encima del mouse, para mostrarle un punto importante en la ventana…el botón de cerrar.

Estaba a sus espaldas y ella con labios levemente temblorosos volteó y preguntó:

– ¿Qué estás haciendo?

– Aprovechar las oportunidades _Dije. Estar a solas contigo es casi imposible. _Y me acerqué tanto a su boca que pude sentir su fresco aliento.

A unos pocos centímetros estaban nuestros rostros, eran tantas las veces que yo tomaba la iniciativa de robarle besos que, esa vez, quise que fuese diferente. Me quedé ahí, mirándola, tratando de entender que decían sus tiernos ojos oscuros.

Sus ojos nunca hablaron, solo se cerraron y los que hablaron fueron sus labios; carnosos, suaves…toda una delicia. Los bese lentamente, me tomé mi tiempo para aprender su textura y, como lluvia fresca y repentina; su respiración se estremeció

No quise darme prisa, no apresuré el momento.

Entre besos se dio vuelta completa, aún sentada en aquella inerte silla de oficina; le ayude a levantarse. Aún entre besos lentos y mágicos pude tocar su espalda tibia y sentí sus tiernas manos en mi rostro.

Era casi un sueño hiperrealista, era una etérea sensación de lo infinitamente finito que puede ser un beso.

Una falda corta, negra y de tela fina; abrazaba su esbelta cadera, y aunque su busto no era demasiado, el botón que escondía su pecho parecía forzado en su trabajo.

No sé el momento exacto en que aquel botón fue despedido, pero no duró más de dos segundos el recorrido que hicieran mis labios desde su boca hasta sus senos.

Sus manos se hicieron con mi nuca y, con suaves movimientos, ayudaba a mis acciones.

Hábil con las manos, pude quitar con facilidad el resto de los botones de su camisa y la misión fue completada con éxito. En sus senos mis labios forjaban un lazo de deseo y ella me hacía saber que le encantaba empujando mi rostro hacia su pecho tierno.

Con paciencia de maestra, quitó uno a uno los botones de mi camisa, mientras yo dividía esfuerzos en comer cada esfera; cuando al fin pudo terminar tomó mi cuerpo y lo unió al suyo con una desesperación tan pasiva que nuestro calor se hizo uno.

Su cuerpo tibio enloqueció mis hormonas y fue casi imposible controlar mis ganas de ella.

Mis manos, que tocaban sus nalgas cuasi perfectas; se escondieron debajo de fu falda, toque su piel de seda.

Sentí su sentir, su pecho palpitaba casi tan rápido como el mío.

Al parecer mis manos en sus piernas quitaron toda pared que frenaba su descontrol e hizo volar mi cinturón, como fiera entro sus manos a mí entre pierna y notó cuanto me gustaba tenerla entre mis brazos.

Su rostro, que normalmente era de un ángel y un tierno felino, había cambiado a una tigresa con toques picaros.

De un momento a otro, ella tenía el control de todo, bajo mis pantalones y mirando fijamente a mi rostro, tocó mis nalgas y sonrió. Una sonrisa que decía: Juguemos.

Con una mano empujó todo lo que en su mesa de trabajo estaba, me arrastró hacia ella que estaba ya sentada en aquel espacio vacío.

Tomó la iniciativa, el control y la propiedad del momento y como si mi sexo fuese suyo, sin dejar de mirarme; lo tomó en sus manos y llenó su templo de mí, y en ese momento aprendí lo que era la relatividad temporal.

No hubo movimientos, sólo nos sentimos unidos por unos momentos, disfrutamos del estado de estar tan cerca uno del otro que sentíamos nuestras vibraciones, nuestros latidos y la velocidad de la sangre en nuestras venas.

Nos besamos mientras de forma natural mis caderas se columpiaban y dentro de ella había una fiesta cuya música salía por su voz en forma de gemidos.

No cerramos los ojos, solo para pestañear; y entre el vaivén de nuestros cuerpos intentamos conocernos a través de miradas.

Su mirada desvelaba su naturaleza salvaje de mujer, mis ojos no sé; estaban dentro de los suyos.

Mientras el nivel de calor subía desmedidamente, se abrazó a mi pecho como si creyera caerse. Mordió mi abdomen; quizás de placer. Sus uñas se clavaron en mi espalda baja y podía escucharla decir palabras entrecortadas.

Yo por mi parte, estaba en una quimera entre sus mordidas feroces y sus piernas mojadas.

Y como pensar claramente si el orgasmo estaba a la distancia de un suspiro.

Y es que no lo vi llegar, y ella no lo vio venir. Aquel impulso que salió sin pensarlo. La consecuencia de sentirla por no sé cuánto tiempo. Pudieron ser minutos, horas, días…no importa, fue una realidad paralela donde el tiempo no existía.

Sentados en la silla, cansadamente felices; frente a una computadora suspendida descansábamos del éxtasis que sentimos hacia minutos.

Ya con ropa puesta y extasiados de hacer travesuras, el corazón casi nos salió del pecho cuando escuchamos el sonido de llaves detrás de la puerta y alguien que gritó al abrir: “Hay alguien aquí”