Amor Postraumático

– ¿Que pasa? _Fue lo primero que pregunté en mi mente. Les juro que esperaba una respuesta. Sentía el bullicio de una multitud y bocinas de vehículos sonando repetidas veces.

– ¿Dónde estoy? _ Era un lugar oscuro, sin embargo, podía sentir que afuera, el resplandor de un sol eclipsado por nubes grises calentaba mi rostro.

Un olor a lluvia próxima se acercó a mi nariz, traté de salir de aquel lugar, pero no podía. Como si estuviese pausado en un vídeo juego que alguien dejó a medias. Sentía mi cuerpo, pero al parecer no respondían a las órdenes que les daba.

Es desesperante, los pasos de la multitud, el bullicio de la ciudad y sentir que te observan decenas de personas sin poder hacer nada. Mis dedos, entumecidos, no se movían un centímetro. Mis piernas se habían revelado contra mí y tomaron vacaciones. No se cuánto tiempo llevaba allí.

– ¡He muerto! _ Al menos eso pensé. ¿Qué más podría ser? – ¿Sera este mi infierno? _ Repetía esta pregunta en mi cabeza. Se que no había sido un hombre de fe, pero vamos… ¿Quién realmente tiene fe en estos tiempos? Me di por vencido en aquel justo momento; acepté mi destino.

Les puedo asegurar que sentía como mi energía abandonaba mi cuerpo y este se separaba de mi alma, pero no pasó. Sentí, de repente, un toque delicado en mi muñeca derecha y, casi inmediatamente, aquellos olores que emanaba de la ciudad: humo, basura, ignorancia; fueron sustituidos por un aroma refrescantemente avasallante.

Quizás algún dios recordó algo bueno de mí y vino a mi rescate, o quizás algún demonio jugaba con mis ultimas gotas de esperanza y quería llevarme a la desesperación.

Que terror. Inesperados golpes en el pecho. Uno tras otro. Uno tras otro, por periodos cortos de tiempo. Sí, parece que era un demonio jugándome una maldita broma para hacerme enloquecer mientras se consumía mi alma.

Un latido.

¡Mi corazón! Desde que desperté en este lugar no lo sentía y hasta ahora me doy cuenta.

Dos, tres latidos.

Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo desde la médula espinal, hasta la punta de mis dedos y entonces sentí aquel toque en mis muñecas nuevamente. Alguien quería sacarme de aquel lugar…

Se acerco de nuevo aquella fragancia indefinible y quise guardarla en mi memoria, pero; un viento recio llegó a mi interior como ráfaga de vida, haciendo que mis energías volvieran a mi cuerpo y entonces inhalé.

Mis pulmones enloquecían por aire. No me había dado cuenta de que mi cuerpo estaba medio inerte. Comencé a entender lo que pasaba… Inhalé nuevamente y, aquel olor alcanzó cada uno de mis bronquios y al cerebro, guardándose en mi lóbulo temporal; entonces vi la luz, aun cuando las nubes tapaban al sol y su rostro ocultaba las nubes de mi desenfocada vista, pude ver luz.

Un rostro borroso apareció frente a mí. Sabía que me estaba hablando, pero mis oídos apenas escuchaban ruido lejano de bocinas y algunos murmullos. Miré alrededor y una pequeña gota de agua caía, por coincidencia a mi lado, y recuperé mi enfoque. Reflejado en aquella gota me vi, tirado en el asfalto, jadeando como perro en el desierto y con sangre en mi rostro. Allí también estaba ella; cabello negro lleno de rizos, con una actitud firme como alguien sabe lo que está haciendo y labios tallados por alguna deidad griega.

Al caer, las partículas de la gota de lluvia me hicieron pestañear y volteé hacia la persona que tenía a mi lado… “Me escuchas” creo que decía. La escuchaba lejos, pero la escuchaba. Al igual que mi vista, mis oídos empezaron a agudizarse, pero al volver mis sentidos auditivos después de tanto tiempo de silencio en aquel infierno, reventaron mis tímpanos con el escándalo de la ciudad.

– ¡Me escuchas! _ Dijo fuerte y claro aquella mujer india de ojos café. – No te muevas, la ambulancia ya viene en camino.

Luego de decir esto, sonrió aliviada y no sé si mis labios se movieron, pero le devolví la sonrisa potenciada al cubo. Estoy seguro de que ella no lo sabía, pero sus dedos en mis muñecas ataron mi alma al toque. Sus golpes abrieron mi corazón inerte. Su olor fue un regalo divino en un infierno oscuro y, su aliento; maná para un moribundo abandonado en medio de la nada. Una lluvia débil empezó a caer sobre nosotros y todos corrieron para guarecer, allí quedamos, como si estuviésemos solo ella y yo en la gran ciudad.

– ¿Te gusta el vino? _ Pregunté. Al menos eso creo que hice. Quizás estuviese balbuceando. Realmente no se si me entendió. No imaginan lo frustrante que es tener algo que quieres conocer delante de tus ojos y no poder ni emitir un quejido, hubiese querido, al menos; tocar su piel en código morse para decirle que escriba su número de teléfono en mi pecho.

Se quedó allí conmigo hasta que la ambulancia, y su ruido enloquecedor, llegaron. Dos hombres me subieron en una camilla y entonces comencé a sentir todo el dolor de las heridas. Todo el camino iba pensando en su rostro, su mirada, su voz, su aliento y su olor… Debía grabarlos en mi memoria como se guarda un tesoro familiar, porque la iba a buscar y sé que la iba a encontrar algún día.

Quizás no siempre encuentras el amor en la persona que te quita el aliento, si no, en aquella que te lo da.

Tres semanas desde que salí del hospital con varias costillas fracturadas, una pierna jodida y un golpe en la cabeza que aun está en revisión. Y aquí estoy, aun con muletas, sentado frente al parque donde, según los enfermeros que me atendieron, tuve un accidente que no recuerdo. Esperando paciente todos los días con la esperanza de verla.

Cansado. Respiro profundamente para oxigenar todo mi cuerpo y volver a casa.

– … ¡Este olor! _ Y volteé. Entonces vi la luz.

Self-Love

Esa mañana no se levantó con las mismas energías de siempre.

Despertó y, aún con la vista borrosa, miró el reloj que estaba en la cómoda junto a la cama que marcaba las 5:31 a.m. Se estiró lentamente dejando salir un suspiro al tiempo que se sentaba y quitaba las sabanas de encima.

Se movió al borde de la cama y se estrujó el rostro tratando así de despertarse del todo.

desnuda espejoSe quitó el pijama y quedó desnuda mientras la vestían los rayos de luz que entraban por los pequeños orificios de las ventanas. Caminó hacia el ropero y de camino, su reflejo en el espejo la detuvo. Se posó frente a este y empezó a observar su cuerpo de los pies a la cabeza.

Sus pequeños y anchos dedos, sus piernas de muslos grandes, su trasero con estrías, su cadera con curvas casi imperceptibles, su abdomen con un poco de grasa extra; sus senos, ella los veía cada día más caídos. Cada día le gustaba menos su cuerpo.

Suspiró, tomó la toalla y se dispuso a darse un baño.

Echarse agua en la cabeza a veces sirve para disipar pensamientos negativos. Mientras se masajeaba el cabello con el shampoo sintió que alguien le agarraba uno de sus senos con una mano y le apretaba las nalgas con la otra, mientras se acercaba a su cuello y lo mordía despacio y tiernamente.

Ella sonrió al instante. Sacó la espuma de su pelo y volteó. Allí estaba un hombre mirándola como si estuviese viendo una aurora boreal. La agarró por las caderas y la acercó a él. Era sábado, a él no le tocaba trabajar, pero se levantaba temprano para acosarla antes de que se fuera. Ya sea en el baño, en la cocina, en la sala o en la puerta antes de salir. “Me encanta verte desnuda” solía decirle; ella se sonrojaba y sonreía como tonta preguntándose que le encontraba aquel hombre a su cuerpo tan… común.

tumblr_pl2m6wqfPU1vqscym_540El domingo, como casi todos los domingos, él le preparaba desayuno. El trato era que debía comérselo al desnudo. Un poco de pan, queso, jamón, una manzana y jugo de limón; sin pantis ni sostén. La observaba y le daba besos en los pies, mordiendo de vez en cuando.

En la tarde cocinaban juntos, pero solo se permitía entrar a la cocina en ropa interior. Cocinaban en cueros y piel mientras se comían a besos. A veces se les olvidaba echarle sal al arroz o se les quemaba un poco la carne; pero valía la pena.

Esa noche ella salió al balcón en bata de dormir, a ver el cielo atónita mientras él se daba un baño. Eran las diez de la noche y todos a su alrededor estaban dentro de sus casas, trancados en monotonía y costumbre; siendo felices a medias, y ella aún tenía dudas de sí.

Escuchó pasos detrás y, luego de un silencioso minuto, preguntó por qué a él le gustaba su cuerpo. Mirando al cielo dijo, a modo de broma y con un sabor amargo de su sonrisa fingida: “Mi piel esta flácida, mi trasero tiene marcas y mis senos pronto llegaran a mi ombligo.”

833f65ab124e2ca29f8a41a75c6bdb53Aquel hombre, cuyo rostro siempre estaba risueño, frunció el ceño y quitó la sonrisa de su rostro. Era un hombre de pocas palabras. Decía solo lo necesario a pesar de ser gracioso e hilarante. Caminó hacia la habitación, ella escuchaba como habría las gavetas y el armario. A su regreso, en sus manos traía una cámara y un trípode. Luego de poner todo en su lugar la tomó de la mano dirigiéndola a la sala, le quito el pijama y, encendiendo una lámpara le dijo: “No soy bueno con las palabras, así que te mostraré tu cuerpo desde mi punto de vista”

Después de esa noche, al pasar al lado del espejo y verse desnuda, se ponía las manos en los senos y se miraba las nalgas sonriendo. Se tocaba en el baño o despertaba a su amante con sorpresas bajo las sabanas.

Comenzó a amarse, empezó a gustarse y a sentir que, más importante que la piel; era el amor que se tenían.

A veces hacen el amor mientras miran aquella grabación.

Lucia.

La carne de gallina estaba en el caldero, tapada y puesta en el fogón. La doña había puesto la cena un poco tarde, puesto que para que se ablande la carne de gallina había que esperar un rato más de lo normal. Mandó a Chepe al conuco antes de que el sol se ocultara y este, como buen nieto y hombre de la casa, fue sin rechistar.

El conuco estaba subiendo la ladera. La tierra que le había regalado aquel ingenioso presidente a muchos de sus militares para tener, más que el respeto, la gratitud de sus fuerzas armadas; era una tierra fértil que su abuelo le había dejado en herencia.

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Casa de campo – Fotografía: Ramón Guerrero

Llegando a la cima, donde se podía ver la plantación de yuca y el platanal, podía escucharse la música del colmado de la esquina que ponía bachatas de amargue para esas almas que se ahogaban en alcohol por un amor que, quizás, nunca tuvieron. Desde aquella cima también se podía ver la gente cuando iba al manantial por agua para llenar sus tinajas.

Chepe se quedaba mirando a las personas que para esa hora, regresaban a sus casas con vasijas de agua en la cabeza, entonces volvió a la tarea encomendada. Cortó unos cuantos plátanos, sacó un par de yucas, puso agua a las gallinas que ya estaban por dormir y tomó del suelo dos mangos maduros que, con la brisa de la tarde, habían caído de sus ramas.

Puso todo en un saco que llevaba amarrado en el pantalón y se disponía a bajar la colina de vuelta a la casa cuando vio a Lucia que subía del manantial.

Lucia era la hija menor del excoronel de la zona quien fuera uno de los dedos manejados por Balaguer en aquel entonces para controlar las invasiones de los terrenos. Había puesto el nombre de su hija en memoria de una canción escrita por el presidente de Quisqueya en aquel momento. El papá de chepe trabajó también como militar bajo el mando del coronel y, por tal razón, a pesar de que eran amigos, a Lucia no se le permitía hablar con personas diferentes a ellos. Claro, las tierras del coronel Lachapel eran 5 veces más grandes comparadas con las de la familia de Chepe.

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Río La India – Fotografía: Ramón Guerrero

Era raro ver a Lucia cargando agua; conociéndola, Chepe sabía que se había escapado para ayudar a la servidumbre. El soltó el saco y se concentró en mirar aquella silueta de joven fuerte. Un vestido de flores hasta las rodillas y un moño en el cabello, Lucia se comparaba con las mariposas de las que su padre le había hablado en algún momento.

Ella lo miró desde lejos, soltó la vasija en el piso y caminó hacia él. Mientras se acercaba, su cara se hacía más divisible para Chepe, hasta darse cuenta de que había lágrimas en sus pupilas.

– Luci. ¿Tú tá bien? _ Dijo Chepe preocupado.

Una lagrima rebelde rodó por las mejillas rojas de la chica, la limpió rápidamente y no dejó que su rostro pareciera triste, si no, más bien enojado.

– El viejo me quiere mandá pa la capital Chepe. _ Dijo con la vista hacia su casa, que podía verse desde lejos.

– Pero Luci, él quizá tá pensando en tu bien. Allá no te va faltá ná. Y va podé ir a la univerdisá.

– Él me vá a mandá pá que me case con el hijo de un viejo amigo del. Y yo no quiero i pá yá.

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La gallina – Fotografía: Ramón Guerrero

Chepe, con las manos sucias de tierra, tomó las manos de Lucia para tratar de pasarle algo de sus fuerzas. Siempre han estado enamorados, todos en el pueblo lo saben, desde la desembocadura del río, hasta el chorro, pero nadie se atreve a mencionarlo.

Lucia y chepe quedaron mirándose por un corto periodo de tiempo. En él, ella podía ver la inocencia de la gente buena. Una luz de bondad y paciencia, rara en los hombres de aquel lugar. Él, en ella veía el candor de la juventud y una liga entre amabilidad con un temperamento fuerte y decidido, más extraño aun en las mujeres que allí crecían.

Ya había caído el sol, que entre montañas se oculta más temprano. Lucia, decidida al fin, se acercó a Chepe, tanto que podía sentir su olor a hierba fresca y a tierra negra. Lo besó, con una intención tan bonita que Chepe no tuvo otra opción que corresponder.

Chepe, joven fuerte, levantó a Lucia por encima de la empalizada y la llevó cargada a la enramada que había en el conuco. Allí, el olor a cuero se vio opacado por un aroma de hojas y flores que traía el cuerpo de Lucia.

Las manos de la beldad parecían brillar en el rostro de aquel hombre indio de pelo rizado. Las manos de Chepe, robustas y fuertes, acercaron a Lucia a su cuerpo para continuar los besos y las caricias que hace mucho no se daban.

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Bestias en la finca – Fotografía: Ramón Guerrero

Quizás por el miedo a no volverse a ver, o tal vez por lo repentina que fue la noticia, Lucia había renunciado al pudor en aquel momento. Tomó la soga que mantenía el pantalón de Chepe en su lugar, desamarró el nudo y se asió del torso del joven como para fusionarse.

Chepe, que ni tonto ni perezoso, cargó a la joven en su cintura cual almohada hecha de plumas de gaviota. Ya no podían echar hacia atrás. Al son de una guaracha que en la esquina sonaba, Chepe y Lucia sudaban y suspiraban en la enramada del conuco de la familia Rosario.

Las manos de Chepe tocaban las nalgas blancas de la joven, manchándolas de tierra y lodo; empujándolas con fuerza como macho cabrío. Lucia abrazaba con energía el cuello del indio, dejándole comer sus senos antes nunca vistos y con la mirada hacia arriba pidiendo a los santos que el momento nunca acabara.

Nadie escuchaba nada. Nadie podía imaginarse lo que allí pasaba. Pero los gemidos se perdían en el monte. Como bestias indomables, Lucia y Chepe unieron sus cuerpos en sexo y lujuria. Para ellos, eso significaba ser marido y mujer afianzando sus lazos en cada estocada.

Chepe bajo de su cintura a Lucia y la recostó de las paredes de madera del conuco, de espaldas a él; y continuó su embestida como semental en apareo. Un mareo repentino inundo a la joven y su mente perdió lucidez. Entre más le gustaba lo que su hombre le hacía, más sentía que su consciencia se iba. Se asustó y, con miedo a caer muerta, se agarro de los brazos fuertes de su amante, quien la tomó por las muñecas y la dejó a penas respirar.

– Me siento morí, Manuel. _ Dijo Lucia, llamándolo por su nombre verdadero.

– Pué de aquí salimo muelto lo dó.

Al decir aquellas palabras, la joven se soltó de uno de sus brazos para taparse la boca, por miedo a que el coronel escuchara aquella canción lasciva que gritaba el nombre de Manuel. Casi se cae cuando el joven, con voz entre cortada, decía que la quería.

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La red de pesca – Fotografía: Ramón Guerrero

Tres minutos pasaron sin hablar, tumbados en el piso de barro. Hasta que la joven rompió el silencio.

– Manuel. Yo me tengo que i. Mi papá no va a durá mucho sin aparecé por aquí.

– Ay dio mío. Yo tengo que llevale uno vivere a la doña _ Dijo el joven asustado.

– ¿Qué vamo a sé Manuel? _ Preguntó Lucia; sabiendo que aquello que habían hecho podía cambiar toda su realidad.

– Ya la vieja me ha dicho mucha vece que no importa si yo me quiero i de aquí. Tengo una carreta y una betia alitá. Tú ere mi mujel Lucia, y si tu quiere, no vamo junto.

La joven sonrió como si el cielo estuviese a su favor, besó a su amado y cruzó la empalizada para tomar la vasija y volver a casa.

Al bajar, Chepe vio a la doña afuera de la enramada donde estaba el fogón, con la cara como un machete.

– Entonce hijo. Contigo se puede mandá a buca la muelte.

– No vieja, fue que se me ecapó una gallina y en eta ocuridá e difícil agarrala.

– ¿Aja? ¿Y esa gallina tiene nombre?

– Vieja, ute siempre con su cosa.

– Con mi cosa no, que yo no soy pendeja y la sarruga no son de valde. _ Dijo la señora para luego apaciguarse y decir: – Tú sabe que tu helmano puede ayudame en la casa. Mijo, si tú te quiere i, pó vete. Que ete campo no se va a caé si te va. Pero ten cuidaó con lo que te lleva, aquí hay gente que por un gallo mataron a tu papá.

Chepe bajo el saco, sacó los mangos y le dió uno a la doña.

– Vieja. Papi fue el que me dijo: “Vale la pena morí por lo que se quiere.” Mi papá era militar y gallero, si no lo mató la milicia, no quedaba otra muelte para él.

Al terminar de decir esto, Manuel se acostó en la hamaca y toda la noche pensó en su amada mujer y en su carreta.

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Glosario de términos:

Conuco: Parcela pequeña de tierra o huerta destinada al cultivo, especialmente de yuca; suele estar administrada por un único agricultor.

Platanal: Siembra de plátanos.

Manantial: Naciente o vertiente es una fuente natural de agua que brota de la tierra o entre las rocas.

Quisqueya: Nombre literario o familiar aplicado a la República Dominicana, cuyo vocablo aborigen taíno significa «madre de las tierras»

Enramada: Casucha creada entrelazando ramas y pencas de palmeras.

Tinaja: Recipiente de barro con forma de vasija de perfil ovalado, boca y pie estrechos y por lo general sin asas, que se usa normalmente para almacenar agua potable.

Guaracha: Tipo de música originaria de la isla de Cuba
Las fotografías usadas en este cuento fueron tomadas por el autor en el pueblo de Las espinas, Jamao al norte. Moca, República Dominicana.

Canción Lucia.

Ellos y nadie más

Parte 4

Era uno de esos días donde el sol sonríe. Ese día no hacía calor, la luz se posaba tenue y plácida en los hombros de los transeúntes, dándoles un abrazo acogedor. Era una de esas tardes donde sientes que algo bueno pasará, donde te quedas mirando fijo hacia ninguna parte y sonríes; una de esas tardes en que hay una energía que sale de tus poros y te hace ir adelante.

ShirtPantalón, zapatos grises, una camisa de mangas largas. Peinó su rizado cabello, arregló su barba, echó fragancia en su cuerpo y se miró en el espejo.

– ¿Por qué rayos siempre termino vestido como oficinista? _ Pensó, y sonrió por su falta de conocimiento de la moda.

En una habitación de paredes azules, al otro lado de la ciudad, un labial color granate se deslizaba por sus pronunciados labios. Ella, que no solía maquillarse, apenas se había puesto polvo y un poco de sombras. La sencillez era parte de su esencia.

Un vestido de coctel que no alcanzaba sus rodillas, dejando al descubierto sus esbeltas y hermosas piernas. Zapatos negros de tacón fino; quiso ponérselos, aunque no tenía por costumbre usarlos con frecuencia, deseaba verse atractiva, quería que él la deseara.

En las calles de aquella ciudad con aires coloniales, la gente caminaba sin prestar atención a los detalles. Distraídos en sus menesteres, pocos disfrutaban de las energías que produce la caída del sol entre las tejas de las casas.

WhiskyÉl llego 20 minutos antes de la hora acordada, fue al bar que acostumbraba y pidió un trago de whiskey. Habló un rato con el cantinero, le contó un chiste y salió del bar. Justamente al mirar al otro lado de la calle, de un taxi salía ella. A pocos metros de distancia, en la misma calle donde se vieron en días pasados, estaban mirándose a los ojos fijamente como quien trata de encontrarle fin al horizonte. Caminaron hacia el centro de la calle hasta encontrarse. Ella, mirada de águila, cerró los ojos para disfrutar el aire mientras volaba. Él, como cazador furtivo, disparó el primer beso para hacer caer a su presa desde lo alto hasta sus labios.

– Holis. _ Dijo ella sonriente, y preguntó: – ¿A dónde vamos?

dress2Él la tomo de la mano, dio media vuelta y caminaron. La gente, a penas se dio cuenta de que ellos existían de aquella forma; y ellos, apenas sabían que había mas personas en aquel parque.

Conversaron pobremente mientras caminaban; solo sonreían y se miraban, pareciera que guardaban todo lo que se querían decir o hacer, para cuando estuviesen uno en frente del otro.

Pronto llegaron a un lugar extravagante. Era lúgubre, pero con un aire de nobleza. Había una mesa reservada para ellos con una botella de vino rosa.

– ¿Sabes que solo puedo beberme unas copas? _ Dijo a modo de broma, recordando lo borracha que estaba la ultima vez que se vieron.

– Lo sé. Acordé con la mesera que solo nos tomaremos la mitad. _ Tomó una silla y se la ofreció para que ella se sentara.

El lugar y sus bombillas de tenues luces amarillas. Lámparas con estilo inglés, jazz en vivo y sus asientos cubiertos de terciopelo, llevaron a sus mentes a sentirse lejanamente en los años 20.

baile2Hacía años que no hablaban estando tan cerca, que no sonreían al tiempo, que no se tomaban de las manos. Aunque ambos sabían que todo aquello era temporal, aun cuando en sus mentes estaba claro que, si bien juntos eran magia, el espectáculo acabaría; se disfrutaban como si la luna se hubiese detenido y les dejara vivir eternamente aquellos sentimientos.

Una canción conocida para él comenzó a sonar. La voz de Ella Fitzgerald y el saxo de Armstrong le trajeron un deseo de disfrutar la pieza al son de sus pies.

– ¿Me concedes un baile? _ Dijo, extendiendo la mano hacia su contraparte.

La joven se ruborizo y puso ambas manos en sus cachetes.

– Pero si no se bailar esto. _ Susurró.

– Vamos, yo te llevo.

Baile4Ella se levantó y se puso justo frente a él, quien tomó sus manos, una por encima de su hombro y la otra al aire, y comenzó a moverse con ella hacia ambos lados al ritmo de un-dos. El calor de sus cuerpos ardía por encima de sus ropas. El olor de ambos se entrecruzaba en cada vuelta que daban. Entre la música y el baile se entrelazo un beso perdido.

La luz, sus miradas, la lámpara, la música… Ella, rojo mate en los labios. Él, olor a hierba mojada en la lluvia. Se habían unido, y fundido el aire que entre ambos se desplazaba. La gente de aquel lugar desapareció por completo, fueron desacelerando el ritmo y compás y, sin darse cuenta, estaban solo parados allí, sin moverse.

– Quiero que me hagas el amor. _ Su mirada había cambiado, la niña bonita del vestido de coctel ahora tenía ojos de ave rapaz.

Sin decir nada, él tomó la botella de vino, dejó el dinero en la mesa y salió con ella de la mano. Se detuvo repentinamente antes de salir al notar que había empezado a llover, entonces ella tomó el mando de aquella nave que no se decidía a zapar, elevó anclas y abrió las velas para aprovechar el viento del deseo que la empujaba desde proa. Apretó sus manos y salió, él no pudo más que seguirla. La noche, la luna, la lluvia y él, no sabían a donde iba aquella mujer de pasos firmes.

Caminaron unas cuadras y entraron a un hotel para él, desconocido. Tenia un gran lobby y unas escaleras al fondo de este. Rodeado de columnas dóricas con detalles muy barrocos, parecía mimetizar un coliseo de batalla.

pensarte 3

Subieron las escaleras y una gran puerta doble de madera los esperaba. Ella abrió, él empujó y la luz de la luna descanso sobre el pasillo de una bonita y gran habitación.

Cerraron las puertas y, sin mediar palabras se besaron; tan despacio como si entendieran que nadie los esperaba. Se besaron tan profundamente que el tiempo se sintió ignorado y comprendió la relatividad de su existencia. Sus labios se disfrutaron como baño de aguas termales, el calor de su aliento hizo tormentas en sus bocas y el estruendo de sus lenguas empezó a dejarlos náufragos en un éxtasis vicioso.

Lo abrazó y su mano llego a tocar su cuello. Él por su lado, canino después de todo, la tomó de la pierna y, por debajo del vestido, apretaba sus muslos como si de eso dependiera no caer al precipicio. Ella aceleró sus besos y él puso fuerza a los suyos.

Se separó de su verdugo, se arregló el vestido y se sentó en la cama para quitarse los tacones.

tacones 4-– No te los quites. _ Le dijo, al momento justo cuando ella tenía la punta del taco en los dedos.

– ¿Es algún fetiche nuevo? _ Preguntó coqueta, con una sonrisa casi imperceptible.

– Por ahora mi fetiche eres tú. _ Le dijo mientras tomaba su vestido y, con un movimiento suave lo quitó de su cuerpo para darse cuenta de que, además de los zapatos color negro, lo único que llevaba puesto eran unas prendas color carmín.

Quedó atónito ante tan majestuosa belleza. Parada frente a él, desnuda y con tacones, había una mujer de rostro de niña, mirada coqueta y piel de ámbar, quien, con firmeza posó su pierna derecha en el colchón mientras él aún estaba parado frente a ella, y dijo:

– Si soy tu fetiche, entonces eres libre de saciarlos.

Terminando de escuchar aquella invitación al pecado, se quitó la camisa y desabrochó la correa mientras caminaba hacia ella con intensidad y pasión. Ella le ayudó a despojarse de sus telas, aun con una pierna encima de la cama, lo que dejó a la intemperie sus muslos; la tomó y, levantándola, la llevó hasta la pared en una lucha para ver quien conquistaba primero la boca del otro. Ella lo abrazaba con fuerza entretejiendo sus pies en la espalda de su atacante. Este, la levantó un poco más y quedo frente a frente con sus pechos, los besó con precisión de asesino mientras tomaba el otro como rehén en espera de ser ejecutado.

En la paredElla, con sus brazos, lo apretaba hacia su pecho mientras disfrutaba de sus manos y sus labios, que comían su pecho como bestia hambrienta. Sintió un brusco movimiento y, sin saber como, se estrelló contra la cama quedando indefensa ante la sed de carne de aquel lobo indómito.

Entonces se sintió un momento de calma. Aquella calma que se siente en el ojo de un huracán, una tranquilidad impaciente de saber que viene una tempestad aún peor. A piernas abiertas, sin fuerzas para hacer más que sentir unos labios deslizándose desde su ombligo hasta sus senos.

Arañar

Las manos fuertes de aquel hombre la tenían atrapada de ambos lados de su cintura mientras él, seguía rasgando todo a su paso hasta desembocar en su cuello. Ella, con sus uñas afiladas, intentaba, a duras penas; defenderse clavándolas en la espalda desnuda de la bestia, que sin pausa seguía besando, lamiendo y mordiendo su carne.

– ¡Espera! _ Dijo sin fuerzas. Se soltó de los brazos del animal y, a cuatro patas se dispuso a huir para hacer su movida, pero él fue más rápido.

Dedo labiosLa tomó las piernas mientras ella, boca abajo, soltó un chillido ahogado al sentir un cálido toque en medio de su fuente. Intento cerrar las piernas en un reflejo involuntario, pero fue tomada por los muslos y levantada hasta quedar como felina estirada.

Él, que ha perdido en parte la razón, se esmeró en beber de su caudal con sed desmedida.

Cuando todo se había calmado de nuevo, sujetó las bragas y las quitó de ella, dejando expuesto su sexo. Con sus manos en la cima de las nalgas de ella, prosiguió su cometido con más paciencia.

Ella, había caído presa de una bestia de la cual ya no quería escapar. Acomodó su cuerpo y con los dedos en la boca, los mordisqueaba entre gemidos. Una de sus manos se deslizo hasta su templo haciendo saber que se acercaba el clímax. Con suspiros ahogados y palabras entrecortadas exclamo, con un grito; que había llegado a la isla del tesoro en un barco a la deriva.

Agotada por el viaje, se dejó caer a peso muerto en la cama. Como gacela herida, aun respiraba cansada. Él, aprovecho este momento para completar su propia desnudez, al quitarse las medias, protegió su arma antes del ataque, la agarró por las caderas y la arrastro hacia sí. Tarde se dio cuenta de que había caído en la trampa. Bajó la guardia y, en un vuelco enredado; ella estaba encima con una sonrisa llameante.

– Quiero mas de ti. _ Le susurró aun sin poder respirar a sus anchas.

Encima

Sin dejarlo decir una palabra, tomó el arma de aquel caballero y, como si se tratase de un Harakiri, se estocó así misma sin temor. La mujer que yacía indefensa en la cama, la que trataba de huir, aquella que había perdido las fuerzas; como el fénix, había renacido y ahora quemaba el sexo del que se creía cazador.

Sus caderas abrasaban el miembro del joven que, veía estremecido; como una fiera agarrada a su pecho emanaba alaridos de placer al ritmo del movimiento. El vaivén de su pelvis, el baile de la lujuria que ella danzaba le llevaba hasta lo alto de un cerro, sentía que caía al vacío y volvía a subir.  Ella era quien tenia el control, quien comandaba los deseos que lo hacían hervir.

Como ave que se lanza para tomar su presa, ella se recostó en su pecho, mordiendolo sin misericordia, sin que cesara su baile infernal, lo miro a los ojos y ambos sintieron como se fundían en deseo con un beso. Aquel beso fue el testigo del averno en el que se había convertido aquella habitación. Ya no era ella, ya no era él… Eran ellos, su sudor, el olor de su pasión, el sabor de su piel. Eran uno. El la abrazó, tan fuerte que delató sus últimos pasos para ser lanzado del barranco sin regreso, directo al orgasmo.

Entre caricias, besos, mordidas y arañazos, se amaron, se quisieron, se cogieron, se quemaron. Cada una de sus células habían sentido como dos cuerpos se fundieron.

Y allí estaban, con la cabeza en su pecho. Con las manos en sus nalgas, con las piernas entrecruzadas. Habían entrado dos personas, y en ese preciso momento, solo quedaba la tercera persona del plural.

Esta vez, quien se levantó tarde fue ella. Había quedado exhausta al parecer, y no se percató que ya era de mañana. Miró a su lado y, como temía; no había nadie. De inmediato notó que no tenia los tacones puestos y que había desayuno en la mesa de noche, donde, debajo de la taza con chocolate, había una nota.

Abrazados en al ducha

La tomó, y su rostro hizo una mueca entre una sonrisa y un dejo tristeza. Dejó el papel en la bandeja y buscó su ropa interior. Tomó su vestido y en su mente solo rondaba un pensamiento: “Debes irte” sin embargo, la curiosidad es más fuerte.

– Podría leer la nota y hacer como si nunca la leí. _ Se dijo.

Posó el vestido en la cama, se sentó al lado de la bandeja, tomó el pedazo de papel y lo abrió rápidamente:

“Me encantó, te veo en el jacuzzy cuando despiertes, aun es temprano, podemos disfrutar un rato más”

– Idiota. _ Al decir esto, sonrió, se quitó la ropa interior y fue a darse un baño.

Allí estaba él, lavándose el cabello.

– ¿Entonces soy un idiota? _ Dijo burlándose.

– Cállate.

Lo abrazó mientras él cerraba la puerta de la bañera.

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Parte 1: Ellos – Borrachos de Coctel

Parte 2: Ellos – Resaca al Desnudo

Parte 3: Ellos – Divergentes

Versos del Abandonado

Tan absurdo mi mundo sin ella como aquel moribundo deseo de no existir. ¿Como pretende que viva con media alma rota? Se ha llevado con ella toda mi calma, dejando este caos sofocante tras sus pasos.

1

¿Como podría no recordar noches dulces de néctares azucarados y, plasmados en nuestros rostros, el sentir de cien orgasmos y una muerte? En cada uno de tus dedos te llevas parte de mi espíritu y, como vampira lasciva, consumes con voraz gula; la lujuria de mi pecho, dejando marcas de desvelo en mi espalda aun rasgada.

Dime ¿Así, como te olvido? en un hilo mi esperanza y en tus manos mis latidos. Luego de subirme a la gloria de tus piernas olor a delirio. Delicias de un caribe no encontrado y de vírgenes archipiélagos de lunares a la deriva.

4¿Dónde encontraré la fórmula para no pensar en ti? ¿Acaso existe un brebaje capaz de limpiar los momentos más hermosos que vivimos? Los días de lluvia donde las gotas se detenían un milímetro antes de caer para poder ver, justo antes de morir; lo apasionado de nuestros besos. O los días de sol, donde rompíamos la incomodidad de un verano abrasador con abrazos furtivos llenos de magia.

2Te vas después de sellarme. Después de dejar en mi una marca de saliva y sudor. Luego de ponerme en una jaula de gemidos con mi nombre. Ahora que mi sangre fluye más rápido al escucharte hablar.

Decidiste irte ahora, pero solo tu cuerpo camina rumbo a otro lugar, ya que, tu mente, tu alma y tu espíritu, hace meses que me dejaron solo.