Amor Postraumático

– ¿Que pasa? _Fue lo primero que pregunté en mi mente. Les juro que esperaba una respuesta. Sentía el bullicio de una multitud y bocinas de vehículos sonando repetidas veces.

– ¿Dónde estoy? _ Era un lugar oscuro, sin embargo, podía sentir que afuera, el resplandor de un sol eclipsado por nubes grises calentaba mi rostro.

Un olor a lluvia próxima se acercó a mi nariz, traté de salir de aquel lugar, pero no podía. Como si estuviese pausado en un vídeo juego que alguien dejó a medias. Sentía mi cuerpo, pero al parecer no respondían a las órdenes que les daba.

Es desesperante, los pasos de la multitud, el bullicio de la ciudad y sentir que te observan decenas de personas sin poder hacer nada. Mis dedos, entumecidos, no se movían un centímetro. Mis piernas se habían revelado contra mí y tomaron vacaciones. No se cuánto tiempo llevaba allí.

– ¡He muerto! _ Al menos eso pensé. ¿Qué más podría ser? – ¿Sera este mi infierno? _ Repetía esta pregunta en mi cabeza. Se que no había sido un hombre de fe, pero vamos… ¿Quién realmente tiene fe en estos tiempos? Me di por vencido en aquel justo momento; acepté mi destino.

Les puedo asegurar que sentía como mi energía abandonaba mi cuerpo y este se separaba de mi alma, pero no pasó. Sentí, de repente, un toque delicado en mi muñeca derecha y, casi inmediatamente, aquellos olores que emanaba de la ciudad: humo, basura, ignorancia; fueron sustituidos por un aroma refrescantemente avasallante.

Quizás algún dios recordó algo bueno de mí y vino a mi rescate, o quizás algún demonio jugaba con mis ultimas gotas de esperanza y quería llevarme a la desesperación.

Que terror. Inesperados golpes en el pecho. Uno tras otro. Uno tras otro, por periodos cortos de tiempo. Sí, parece que era un demonio jugándome una maldita broma para hacerme enloquecer mientras se consumía mi alma.

Un latido.

¡Mi corazón! Desde que desperté en este lugar no lo sentía y hasta ahora me doy cuenta.

Dos, tres latidos.

Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo desde la médula espinal, hasta la punta de mis dedos y entonces sentí aquel toque en mis muñecas nuevamente. Alguien quería sacarme de aquel lugar…

Se acerco de nuevo aquella fragancia indefinible y quise guardarla en mi memoria, pero; un viento recio llegó a mi interior como ráfaga de vida, haciendo que mis energías volvieran a mi cuerpo y entonces inhalé.

Mis pulmones enloquecían por aire. No me había dado cuenta de que mi cuerpo estaba medio inerte. Comencé a entender lo que pasaba… Inhalé nuevamente y, aquel olor alcanzó cada uno de mis bronquios y al cerebro, guardándose en mi lóbulo temporal; entonces vi la luz, aun cuando las nubes tapaban al sol y su rostro ocultaba las nubes de mi desenfocada vista, pude ver luz.

Un rostro borroso apareció frente a mí. Sabía que me estaba hablando, pero mis oídos apenas escuchaban ruido lejano de bocinas y algunos murmullos. Miré alrededor y una pequeña gota de agua caía, por coincidencia a mi lado, y recuperé mi enfoque. Reflejado en aquella gota me vi, tirado en el asfalto, jadeando como perro en el desierto y con sangre en mi rostro. Allí también estaba ella; cabello negro lleno de rizos, con una actitud firme como alguien sabe lo que está haciendo y labios tallados por alguna deidad griega.

Al caer, las partículas de la gota de lluvia me hicieron pestañear y volteé hacia la persona que tenía a mi lado… “Me escuchas” creo que decía. La escuchaba lejos, pero la escuchaba. Al igual que mi vista, mis oídos empezaron a agudizarse, pero al volver mis sentidos auditivos después de tanto tiempo de silencio en aquel infierno, reventaron mis tímpanos con el escándalo de la ciudad.

– ¡Me escuchas! _ Dijo fuerte y claro aquella mujer india de ojos café. – No te muevas, la ambulancia ya viene en camino.

Luego de decir esto, sonrió aliviada y no sé si mis labios se movieron, pero le devolví la sonrisa potenciada al cubo. Estoy seguro de que ella no lo sabía, pero sus dedos en mis muñecas ataron mi alma al toque. Sus golpes abrieron mi corazón inerte. Su olor fue un regalo divino en un infierno oscuro y, su aliento; maná para un moribundo abandonado en medio de la nada. Una lluvia débil empezó a caer sobre nosotros y todos corrieron para guarecer, allí quedamos, como si estuviésemos solo ella y yo en la gran ciudad.

– ¿Te gusta el vino? _ Pregunté. Al menos eso creo que hice. Quizás estuviese balbuceando. Realmente no se si me entendió. No imaginan lo frustrante que es tener algo que quieres conocer delante de tus ojos y no poder ni emitir un quejido, hubiese querido, al menos; tocar su piel en código morse para decirle que escriba su número de teléfono en mi pecho.

Se quedó allí conmigo hasta que la ambulancia, y su ruido enloquecedor, llegaron. Dos hombres me subieron en una camilla y entonces comencé a sentir todo el dolor de las heridas. Todo el camino iba pensando en su rostro, su mirada, su voz, su aliento y su olor… Debía grabarlos en mi memoria como se guarda un tesoro familiar, porque la iba a buscar y sé que la iba a encontrar algún día.

Quizás no siempre encuentras el amor en la persona que te quita el aliento, si no, en aquella que te lo da.

Tres semanas desde que salí del hospital con varias costillas fracturadas, una pierna jodida y un golpe en la cabeza que aun está en revisión. Y aquí estoy, aun con muletas, sentado frente al parque donde, según los enfermeros que me atendieron, tuve un accidente que no recuerdo. Esperando paciente todos los días con la esperanza de verla.

Cansado. Respiro profundamente para oxigenar todo mi cuerpo y volver a casa.

– … ¡Este olor! _ Y volteé. Entonces vi la luz.

Memorias

– Es una chica linda.

Así la describieron la primera vez que me hablaron de ella. Y no fue exagerando, ella era linda.

No. Ella era extrañamente bonita.

Piel canela, cachetes colorados y una hermosa sonrisa de la que salió un alegre “Hola”

Era de esas personas que conoces y no imaginas que serán si quiera amigos.

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Recuerdo que una noche bailamos. Varias veces bailamos. Un ceñido vestido cubría su tersa piel hasta unas cuantas pulgadas encima de sus rodillas, dejando al descubierto unas hermosas piernas que, a ritmo de merengue se movían, a veces sin ritmo a causa del alcohol.

En cada giro, su cabello lanzaba esporas perfumadas en mi rostro. Aquel olor hacía más cómodo bailar, rompiendo las leyes físicas del espacio.

Recuerdo que un día comimos. Tiene el don de comer y no perder la figura. Sonreía y suspiraba con cada bocado. Tiene el candor de una frágil rosa, de esas que, aun en otoño, luchan para no dejar sus pétalos caer y prefieren congelarse en invierno. Entonces sonrió al verme mirándola:

– ¿Que? Tengo hambre.

Me replicó. Lo que a su vez me hizo sonreír.

Su sonrisa podría partir en dos un arcoíris y tomar su lugar. Y su tierno mirar sosegar a la bestia menos dócil.

Recuerdo que una noche cogimos. Quizás no fue el mejor momento, quizás no fue la vida correcta… pero pasó. La tomé de las manos y, como si pidiera permiso para besarla, me acerque tímido. Sentí su sonrisa frente a mis labios y su lengua, amable, me recibió como si su boca fuera mi hogar.

Un beso de esos lentos, de esos que duran unos segundos, tiempo suficiente para que haya aparecido un sentimiento extraño… como si nos hubiésemos conocido de antes.

Sus pechos, los más hermosos que había visto en mi vida, firmes en mis manos y suaves al tacto como nubo frente al aire; orgullosos, cortaron las distancias que separaban su calor de mis ganas. Las ganas de conocer su sabor, el sudor de sus piernas, la esencia que de su piel emanaba.

Al bajar de sus altas montañas por el sendero de su abdomen; por donde agua dulce fluía, llegué exhausto a su valle. Con sed tomé del agua de su arrollo y las ondas removían sus orillas.

Al verla allí, con los ojos cerrados; al contrario que sus piernas, sonreí. Como cuando en un sueño estas volando a tu antojo y sientes como tu cuerpo disfruta cada centímetro del viaje hacia el espacio… Así sintió mi cuerpo nadar en sus adentros.

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Entonces sentí aquello, aquel “Clic” que hacen las mentes que, posiblemente, se hayan conocido en otras vidas. Aquella sensación extraña de haber viajado a ese lugar que no conocías, de haber hecho antes, aquello que empezabas a realizar; ese sentimiento de que, esta idea que acabas de tener podría ser un recuerdo.

No podría olvidar que una vez lloramos. Luego de un lindo día caminando en un feo sitio de la ciudad. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus pupilas reflejaban impotencia. Allí pude ver su lado quebradizo, allí se rompió por el simple hecho de pensar  que los demás pensaban de ella, lo que en verdad no era. La abracé un momento y traté de hacerla entender que no debía dejar que otra persona la dañara, aun cuando ella la quisiera.

No recuerdo cuando nació nuestra amistad. Si fue mientras bailamos, o cuando comimos juntos. No recuerdo si fue mientras cogimos o cuando sus ojos empaparon mis hombros. De verdad que no recuerdo… Una amistad extraña para nosotros que, de habernos encontrado en otra vida, en otras circunstancias, con otra realidad; quizás aún estuviésemos viajando, yo en sus adentros y ella en mis pensamientos.

 

Fotografía: Ramón Guerrero
Modelo: Cora Gonzalez

La Misma Luna

“Con la misma mirada con la que tuve la suerte de conocerla, me esperaba”

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Su rostro mas bello que nunca y con una sonrisa de sorpresa me recibió, con un abrazo que extrañaba.

Era ella, la luna, mi luna…no mia por que me pertenece, sino todo lo contrario. Ella se había quedado con muchas partes de mi: Algo de mis energías, parte de mis pensamientos y unos trozos de mi alma se habían esparcido por la faz de su superficie.

Su cara de niña, su luz reluciente y su voz de viento suave, trajo a mi mente hermosos recuerdos.

Desde su cielo me hablo de sus tristezas, desde mi tierra le hable de mis temores…la luna y el lobo hablaron por horas como si fuera la primera vez, como si no hubiese habido tantas noches nubladas que los separaron.

Ella menciono sus conquistas y el susurro sus derrotas, entonces el lobo la vio tan cerca que intento acercarse e intentar tocarla…pero como todo, eso tampoco había cambiado, al final ella seguía estando en su cielo y el lobo condenado a la tierra.

Era la misma luna, hermosa, tan distante y tan cercana; cuidando sus heridas y las heridas que un lobo lunático pudiese causar, el lobo que había tratado de alcanzarla otras veces en noches equivocadas. Pero esta vez; aunque la noche era perfecta y su luz era mas brillante, aun cuando el lobo la miraba con ternura y guardaba sus garras para rozar con suavidad sus energías; la luna dijo no.

Entonces el lobo comprendió que siempre la iba a sentir cerca pero, quizás, nunca podrá alcanzarla.