Suicidio Memorable

Es la oportunidad perfecta para perder la vida, ahora que nos hemos perdido entre una multitud de dudas.

En soledad, el ruido en mi cabeza se fortifica y; la oscuridad que dejó tu ausencia se come las luces destellantes de tus recuerdos.

Es el momento idóneo para encontrar la muerte, para segar lo poco que quedó de mí en ti.

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Trato de encontrar palabras en tus labios que se dirijan a mis oídos, sin embargo; todo lo que llega son monosílabos sin emociones, señales sin sentidos y miradas sin compás.

Es el tiempo adecuado para encontrarme, borrarme de tu historia estrujando mi existencia con el pulgar mojado de saliva.

Te volviste intocable, inalcanzable. Culpa mía y de mi cobardía no decidir seguirte al abismo, que es tu ser. Aquel abismo lleno de colores, laberintos y dragones. ¿Qué culpa puedes tener tú de no querer abrirme las puertas de la luna? Pude haberme ido contigo en un viaje sin regreso y rechacé el boleto… No, lo tire.

Desapareceré de tu conciencia, me haré maldición oculta en islas desoladas. Seré ciudad hundida en el mar profundo de tus recuerdos. Pompeya en llamas sin dejar cenizas. Fenix que muere y no resurge.

Seré suicida en tus pensamientos, inexistente en tu pasado, improbable en tu futuro.

Pondré todas mis fuerzas para que logres olvidarme, aunque tengo toda la confianza de que tú, puedes hacerlo sola.

Aún me olvides, mi suicidio en tu mente será memorable.

Fotografía: Ramón Guerrero
Modelo: Nathaly Díaz
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Entre aguja y tela.

Bajo la luz tenue de una vieja y gastada bombilla de tungsteno, ensarta con facilidad la aguja con un hilo cuasi invisible, imposible de ver a simple vista. Con una maquina más antigua que su fallecido padre, es uno de los personajes más populares de la sociedad marginada.

Aquel señor al que le encanta el etílico líquido que lo mata amablemente, aquel al que llaman sastre, el que no huele muy bien según los niños e irresponsable según los grandes.

sastre

Además de coser, deshilachar, cortar y ensartar, tiene un nombre, Andrés.

A veces sí, se tardaba demasiado para hacer su trabajo, pero de que se quejan si es el trabajo que más barato pagan. En ocasiones, sí, extraviaba los enseres, pero no se puede esperar mucho cuando cose en su habitación que, por mal o bien, se encuentra llena de ropa.

Con más caladas de cigarro en un día que puntadas al encoger un pantalón de la señora no tan delgada que quiere estar a la moda, no tiene otra cosa que pensar que con lo que ganara hoy no será suficiente para la cena.

Dos pantalones, tres camisas, las mismas medias del señor de la motocicleta y un vestido roído por los ratones. “Puede ser que el día mejore” piensa mientras se da un trago de veneno de largo plazo.

Con 60 años y 40 de ellos en aquel aparato viejo, oxidado y desgastado en la incómoda butaca culpable de la curvatura que a leguas se observa en su espina dorsal, paró de coser un día antes de la hora acostumbrada. Y vinieron tantas cosas a su cabeza, su esposa, sus hijos, lo difícil que era para el trabajar cada día y noche para que ellos no fueran lo mismo que él, un don nadie.

Se sintió triste y humedeció la camisa que en aquel momento le arreglaba las mangas. Un llanto mudo salía de sus ojos mientras miraba la bombilla que apenas permanecía encendida y parpadeaba como quien agoniza luego de una larga batalla contra espartanos.

La bombilla se apagaba, la de sus ojos; y sintió un peso enorme que lo golpeaba, perdió la visión en un instante y sus pies no respondían cuando intento ponerse en pie. Cayó al piso pero la ropa tirada amortiguo su caída.

Eran las 8:00pm y su esposa tenía 5 minutos sin escuchar el sonido metálico de la aguja contra el corre telas. Lo encontró tirado, en estado de shock y con una aguja en la mano intentando, aun inconsciente, coser el botón faltante de aquella camisa.

Sentado, enfrente de la humilde vivienda que habitaba, estaba el popular Andrés. Dueño de una fama inconfundible de cuenta cuentos exagerado, mentiroso de mentiras blancas y sastre irresponsable pero de calidad.

Quizás su cabeza no soporto tal encierro, tal vez su corazón no entendía lo que había pasado. De lo que estoy seguro es que antes de aquel fallo que llego a su cerebro, ambos órganos se preguntaron al unánime: ¿Qué hizo con su vida?