Lo que de ti nos queda.

Luego de una larga jornada de trabajo, en un pueblo del Cibao con un par de cervezas que compartimos en la cima de una presa con una vista maravillosa; me daba consejos sobre las decisiones que yo había tomado. Me decía su punto de vista siempre con su particular forma de expresarse, entre ironía y seriedad, lo que hacía que fuera un momento hilarante.

– ¿Te sientes bien como estas? _ Me preguntó justo antes de darse un largo trago de cerveza.

– Si. Me siento bien. Estoy feliz.

– Entonces disfrútalo y olvídate del mundo. Si mañana no te gusta, entonces cámbialo que eres joven aún.

Sonreí por que era justo como yo pensaba, pero era su manera de decirme que quería verme feliz.

Nos tomamos un par de fotos y, en el camino, mientras me decía que; de no ser porque él me salvó de donde estaba, todavía estuviese “Cogiendo lucha”, recordé que fue una de las primeras personas que me reconoció, que me dio una oportunidad de demostrar que podía ser mejor, que podía llegar mas lejos. Me dio un peldaño y me dejó colocar los otros que faltaban con esfuerzo y dedicación.

Entonces conocí a sus hijos, y me hice parte de ellos.

Allí podía ser yo sin temor, allí hacíamos un trabajo arduo entre risas. peleábamos y nos perdonábamos… luego agradecíamos por haber aprendido algo nuevo. Él nos trató como a sus hijos y, nosotros así nos sentíamos.

Incontables veces nos juntábamos a bailar, a beber y a charlar como locos desenfrenados, con un caos muy particular; y cuando él estaba ahí, sentíamos su respaldo.

Confiaba en nuestras capacidades. Dentro de sus límites nos ofreció las oportunidades para darnos a conocer ante los demás. “Tu imagen es lo que debe hablar primero de ti” siempre me decía ante mi obvia falta del sentido de la moda.

Algo que nunca olvidaré es que, al empezar, o en medio… a veces al terminar la fiesta nos decía:

“Esto es con lo que uno se queda al final, estos momentos con la gente que lo quiere”

Hoy fue uno de los viajes mas largos que he sentido de mi casa al trabajo. La noticia de su partida a sido una estaca inesperada, un golpe de improviso, una bala perdida en medio del pecho. No he querido hablar del tema, me he tragado parte de las lágrimas que pude haber derramado a cantaros; hoy yo solo fui un cuerpo respirando sin motivo.

A quien, con orgullo inmensurable, le llamamos jefe; algunos por más de 10 años; un boomer que no se dejo vencer de la tecnología ni el cambio generacional, un hombre que había mitigado el paso del tiempo y lucia mucho mas joven de lo que era realmente, un amigo que tendía la mano sin esperar nada a cambio, un líder… hoy se fue.

Sus charlas divertidas, sus comentarios afilados, sus reproches por cualquier cosa que terminaban en una risa, su memoria loca que olvidaba y recordaba lo que le daba la gana, sus extraños tics, su rara forma de expresarse que tantas risas nos causaba… Se llevó todo consigo.

Esta mañana mis lentes se empañaron de gotas saladas, mi respiración se agitó un poco y, como tenía que seguir mis labores acostumbradas, respiré profundo y me dispuse a calmar mis ansias. De un momento a otro pensé en todos y cada una de las personas que en ese momento estaban pensando en él y entendí que, en cada uno de nosotros quedo algo de él.

Chistes, historias, hechos, consejos, recuerdos… memorias. Entonces comprendí que decía la verdad cada vez que nos dijo que, al final, eso es lo único que las personas se quedan. Hablaba de nosotros. En cada uno de nosotros hay una parte de su ser.

Lo recordaré así, feliz y bonachón, humilde y elegante, sonriente y libre.

Se que todos tus “Hijos”, familiares y compañeros estarán de acuerdo conmigo cuando digo que fuiste una de las mejores personas que pudieron haber conocido.

Gracias, por confiar en mi antes que yo mismo.

En memoria de Guillermo Odalis Polanco.

Memorias

– Es una chica linda.

Así la describieron la primera vez que me hablaron de ella. Y no fue exagerando, ella era linda.

No. Ella era extrañamente bonita.

Piel canela, cachetes colorados y una hermosa sonrisa de la que salió un alegre “Hola”

Era de esas personas que conoces y no imaginas que serán si quiera amigos.

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Recuerdo que una noche bailamos. Varias veces bailamos. Un ceñido vestido cubría su tersa piel hasta unas cuantas pulgadas encima de sus rodillas, dejando al descubierto unas hermosas piernas que, a ritmo de merengue se movían, a veces sin ritmo a causa del alcohol.

En cada giro, su cabello lanzaba esporas perfumadas en mi rostro. Aquel olor hacía más cómodo bailar, rompiendo las leyes físicas del espacio.

Recuerdo que un día comimos. Tiene el don de comer y no perder la figura. Sonreía y suspiraba con cada bocado. Tiene el candor de una frágil rosa, de esas que, aun en otoño, luchan para no dejar sus pétalos caer y prefieren congelarse en invierno. Entonces sonrió al verme mirándola:

– ¿Que? Tengo hambre.

Me replicó. Lo que a su vez me hizo sonreír.

Su sonrisa podría partir en dos un arcoíris y tomar su lugar. Y su tierno mirar sosegar a la bestia menos dócil.

Recuerdo que una noche cogimos. Quizás no fue el mejor momento, quizás no fue la vida correcta… pero pasó. La tomé de las manos y, como si pidiera permiso para besarla, me acerque tímido. Sentí su sonrisa frente a mis labios y su lengua, amable, me recibió como si su boca fuera mi hogar.

Un beso de esos lentos, de esos que duran unos segundos, tiempo suficiente para que haya aparecido un sentimiento extraño… como si nos hubiésemos conocido de antes.

Sus pechos, los más hermosos que había visto en mi vida, firmes en mis manos y suaves al tacto como nubo frente al aire; orgullosos, cortaron las distancias que separaban su calor de mis ganas. Las ganas de conocer su sabor, el sudor de sus piernas, la esencia que de su piel emanaba.

Al bajar de sus altas montañas por el sendero de su abdomen; por donde agua dulce fluía, llegué exhausto a su valle. Con sed tomé del agua de su arrollo y las ondas removían sus orillas.

Al verla allí, con los ojos cerrados; al contrario que sus piernas, sonreí. Como cuando en un sueño estas volando a tu antojo y sientes como tu cuerpo disfruta cada centímetro del viaje hacia el espacio… Así sintió mi cuerpo nadar en sus adentros.

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Entonces sentí aquello, aquel “Clic” que hacen las mentes que, posiblemente, se hayan conocido en otras vidas. Aquella sensación extraña de haber viajado a ese lugar que no conocías, de haber hecho antes, aquello que empezabas a realizar; ese sentimiento de que, esta idea que acabas de tener podría ser un recuerdo.

No podría olvidar que una vez lloramos. Luego de un lindo día caminando en un feo sitio de la ciudad. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus pupilas reflejaban impotencia. Allí pude ver su lado quebradizo, allí se rompió por el simple hecho de pensar  que los demás pensaban de ella, lo que en verdad no era. La abracé un momento y traté de hacerla entender que no debía dejar que otra persona la dañara, aun cuando ella la quisiera.

No recuerdo cuando nació nuestra amistad. Si fue mientras bailamos, o cuando comimos juntos. No recuerdo si fue mientras cogimos o cuando sus ojos empaparon mis hombros. De verdad que no recuerdo… Una amistad extraña para nosotros que, de habernos encontrado en otra vida, en otras circunstancias, con otra realidad; quizás aún estuviésemos viajando, yo en sus adentros y ella en mis pensamientos.

 

Fotografía: Ramón Guerrero
Modelo: Cora Gonzalez

Sonreír de Nuevo

Sentado en aquella roca, mirando más allá del horizonte, donde una brisa fríamente mágica tocaba mi rostro.

Delante un precipicio hermoso terminado en praderas ante la falda de una cordillera y detrás, el camino a casa cruzando el otoño más colorido.

Y es donde te vi en mis sueños muchas veces.

En medio del precipicio, levitando cual fantasma aparecías desnuda ante mí, aunque no a mi alcance.

Me levantaba y trataba de estirar mis brazos para tocarte; decía tu nombre a voces para despertarte, pero no lograba mis intentos.

En un momento abriste los ojos y te posaste en el aire frente a mí, con un esplendor en tu cuerpo; un cuerpo de piernas hermosas y robustas, caderas anchas y cintura deseable.

Un cuerpo con senos afrodisíacos, con rostro exótico y ojos deslumbrantes.

Salía del canon de belleza implantado por la realidad, era mi sueño y aunque no era real el lugar donde nos encontrábamos ni la situación que vivíamos, tu cuerpo si lo era.

Te acercaste a mí así como cuando los dioses aparecían ante los débiles humanos, haciendo temblar mis piernas e imaginar tantas cosas bellas.

Tocaste tu cálida frente con la mía y mirándonos sonreímos y un vínculo hermoso se forjo entre nuestras almas.

precipicio

Prometimos querernos para siempre solo con una mirada.

Prometimos amarnos de la manera más extraña.

Algún día faltaré al encuentro, pero no dejare de quererte, algún día me quedaré sentado en la roca esperándote pero sé que no dejaras de amarme.

Y que es aquel sueño sino una metáfora de nuestra realidad.

He de dormir esperando aquel viaje que me lleva a ti en algunas de mis noches y despertaré con la esperanza de poder tocar mi frente con la tuya y sonreír de nuevo.