Besos de Nieve

En la 140 de Elmer St. en la esquina con Jefferson Ave. casi en frente de la pastelería con el mismo nombre de la calle mencionada. A las 5:30pm nos veríamos, y yo había salido de casa media hora antes, aun cuando vivía a dos minutos de allí.

Sentado en Stewarts, un bar cercano, pedí un Cuba Libre después de un par de cervezas. El bar tenía una energía melancolía. Había ido allí para fortalecer mi espíritu y mentalizarme; para poder controlar sus emociones al verla. En el gran letrero de afuera dice, en inglés: “Licencia para vender vino, cerveza y espíritus”. Que mejor lugar que éste, para alguien como yo.

Fotografía: Guerrero

Salí del bar para esperarla donde habíamos acordado. Crucé la calle con cuidado y me disponía a doblar la esquina de la Avenida Jefferson. La tarde estaba fría, más fría que otros días. Me había puesto un cobertor en el cuello para poder salir sin congelarme. A pesar de que, no había caído nieve por alguna extraña razón climática, sentía que se me congelaban las piernas.

Justo antes de doblar la calle escuché el ruido del autobús que llegaba a la parada 110 que estaba en frente. Me detuve sin saber por qué, un instinto me aviso que no siguiera caminando. Disminuí la velocidad de mis pasos sin dejar de mirar la enorme caja con ruedas llena de personas. No pasaron 30 segundos cuando aquel autobús ya se iba, dejando al descubierto una figura esbelta y femenina, vestida con un abrigo negro y que miraba desorientada a todas partes.

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Apreté los puños e intenté enfocar mejor mi vista, ya que a esas horas; en invierno, el sol se pone muy temprano. Una bombilla encima de aquella mujer era lo único que me ayudaba a reconocer su rostro.

Ella posó su vista a mi dirección. Estábamos a menos de 100 pasos de tocarnos. Mi corazón aceleró el ritmo de sus latidos. Los dos a una esquina de distancia decidimos, sin ponernos de acuerdo; encontrarnos a mitad del camino, en la esquina del bar.

Extrañamente no había ni un solo vehículo pasando por la calle Elmer, mucho menos por la avenida. Cruzamos mirándonos desde lejos, sentía en ese trecho el calor que desprendía de su piel. A menos de un metro de distancia, en la misma esquina donde antes estuve, ahí estaba ella. Con un gorro que la tapaba hasta las cejas, las manos en los bolsillos y un pantalón negro hasta los tobillos

Nos observamos por poco menos de un minuto, entonces, casi al mismo tiempo; dimos unos pasos mientras yo me quitaba el guante derecho para tocar su rostro.

La dama frunció el ceño al sentir mis manos heladas.

– Te vas a congelar amor. _ Dijo con una voz más tierna que el roció de las montañas en Montebello.

– Tu rostro es cálido a pesar del frio. _ Dije. Y sonreí.

Sin darnos cuenta, en el cielo se había formado una nube extraña, y la densidad del aire había bajado unos grados. Una gota de agua cayó desde lo alto, a casi un kilómetro de allí. En medio de su caída el aire cristalizó el líquido y lo empujó entre las corrientes de viento bajo cero que allí luchaban. Caprichos del azar, aquella primera gota congelada voló hasta posarse en mi muñeca desnuda.

1Ambos la miramos al tiempo. Luego de posarse entre mis poros, el mismo aire que la había llevado hasta allí, la hizo volar más lejos. Como un baile sincronizado nuestras cabezas coincidieron en un movimiento para ver hacia arriba y darnos cuenta de que, en ese preciso momento, comenzó a nevar. Volvimos a vernos a los ojos, pero esta vez, ella sonrió.

Aquella sonrisa que podía abrir mares y romper tormentas. Aquella sonrisa que llena de calor mi cuerpo y de colores mis energías. La sonrisa que colma de vibras mi espíritu. Sus labios color carmesí dejaron escapar una tenue risa infantil y sus ojos brillaron.

Ahí estaba ella. Sus ojos a blanco y negro. Ella y su rostro fresco. Entonces, hubo un momento de calma, una calma similar al ojo de la tormenta y que augura una peor tempestad.

Sus ojos se clavaron en mí, sentía las suaves punzadas de una mirada fija que me hablaba. Mire sus labios. Su boca era como encontrar exactamente el pecado por el que deseas ser castigado hasta la eternidad. Mi pulgar derecho tocó su comisura izquierda y se deslizo hacia su mejilla en un movimiento involuntario de mi cerebro para esclarecer y estar seguro de que, esto que estaba viendo, esto que sentía… eso que había roto mi defensa y lo hacía expulsar cantidades exorbitantes serotonina y dopamina; era real.

Ella cerro los ojos por la caricia, beso la palma de mi mano. Quito el guante que tenía en su mano izquierda y toco mi muñeca. Sus manos, delgadas y delicadas, con uñas pintadas de blanco, parecían tiernas flores de prado. Sin mucho esfuerzo, quito mi mano de su rostro y posó su mano en mi rostro; a pesar del frío, sentí como mi calor corporal aumentaba.

Podía notar como su mirada jugaba entre mis ojos y mis labios. Se acercó a mi rostro con un movimiento tan natural como cuando la luna oculta al sol en un eclipse; nuestros labios se acercaron, destruyendo así; el frío que deseaba meterse en mis huesos.

El toque inefable de sus labios. Mi cuerpo temblaba y, estoy seguro que no era por el frío. Su respiración se metía entre mis ropas como si desnudo estuviese. En un intento desesperado por romper las leyes de la física y hacer lo imposible para tenerla más cerca, tome su cintura con fuerza empujando su cuerpo contra el mío.

Ella, respondió con furor, y sus besos se tornaron cual tornado embravecido. Destruyo de mi cada pensamiento errante, detuvo mi memoria y mi cuerpo fue ocupado por sus deseos.

Entonces olvide el bar, la lavandería, la pastelería, la calle y la luna… Y solo existía ella, porque sentía, que yo, existía solo por sus besos.

Con un beso, llenó de calor mis poros. Hacia tanto tiempo que no estábamos tan cerca que los copos de nieve esquivaban nuestros cuerpos para no morir derretidos antes de tocarnos.

En aquella esquina, entre el bar y la pastelería, se habían unido el sabor a ron y malvaviscos.

Era la primera vez que veía nieve caer… pero no fue tan maravilloso como verla sonreír una vez más.

Frío Verano

Es que no tendría ni que decirlo. Debiste saberlo. Tu piel debió estremecerse, tus nervios debieron estar tensos y tus latidos acelerados; tus pensamientos debieron imaginarlo; así como pasó conmigo.

Y es que si lo digo pierde la magia y si no lo digo no pasa.

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¿Qué pasó con el hombre que eras? el hombre que me miraba y sus ojos me decían “Acércate” o “Quítate la ropa”

¿Qué pasó con tus travesuras, que fue de tus ganas?

Yo ardo sola, me quemo y me dejas quemarme.

Tu pasión se marchitó, tus deseos te abandonaron… O quizás no, quizás soy yo.

Tal Vez la llama se apagó porque ya no arde por mí. ¿Entonces qué haces aún aquí, en este frío?… Si estás esperando que también en mí se apague el fuego, entonces quédate, así veremos juntos como mi sol se oculta en el horizonte y en mi alma llega el otoño.

pasion

Cada día que pasa siento que es un día perdido, un tiempo que pudimos estar unidos y ya no será.

Sentir que la vida se va lentamente sin aprovechar nuestros mejores momentos; en los que podemos coger en la sala, en la cocina y en el baño en un mismo día.

Sentir que desperdicias momentos al lado de una persona con que quisieras disfrutarlos.

Sólo espero que si el verano llega nuevamente para mí, no quieras venir a tomar el sol en mi playa, porque desde el día en que me apague para ti, un eclipse con mi nombre estará sobre tu cuerpo.