Ellos y nadie más

Parte 4

Era uno de esos días donde el sol sonríe. Ese día no hacía calor, la luz se posaba tenue y plácida en los hombros de los transeúntes, dándoles un abrazo acogedor. Era una de esas tardes donde sientes que algo bueno pasará, donde te quedas mirando fijo hacia ninguna parte y sonríes; una de esas tardes en que hay una energía que sale de tus poros y te hace ir adelante.

ShirtPantalón, zapatos grises, una camisa de mangas largas. Peinó su rizado cabello, arregló su barba, echó fragancia en su cuerpo y se miró en el espejo.

– ¿Por qué rayos siempre termino vestido como oficinista? _ Pensó, y sonrió por su falta de conocimiento de la moda.

En una habitación de paredes azules, al otro lado de la ciudad, un labial color granate se deslizaba por sus pronunciados labios. Ella, que no solía maquillarse, apenas se había puesto polvo y un poco de sombras. La sencillez era parte de su esencia.

Un vestido de coctel que no alcanzaba sus rodillas, dejando al descubierto sus esbeltas y hermosas piernas. Zapatos negros de tacón fino; quiso ponérselos, aunque no tenía por costumbre usarlos con frecuencia, deseaba verse atractiva, quería que él la deseara.

En las calles de aquella ciudad con aires coloniales, la gente caminaba sin prestar atención a los detalles. Distraídos en sus menesteres, pocos disfrutaban de las energías que produce la caída del sol entre las tejas de las casas.

WhiskyÉl llego 20 minutos antes de la hora acordada, fue al bar que acostumbraba y pidió un trago de whiskey. Habló un rato con el cantinero, le contó un chiste y salió del bar. Justamente al mirar al otro lado de la calle, de un taxi salía ella. A pocos metros de distancia, en la misma calle donde se vieron en días pasados, estaban mirándose a los ojos fijamente como quien trata de encontrarle fin al horizonte. Caminaron hacia el centro de la calle hasta encontrarse. Ella, mirada de águila, cerró los ojos para disfrutar el aire mientras volaba. Él, como cazador furtivo, disparó el primer beso para hacer caer a su presa desde lo alto hasta sus labios.

– Holis. _ Dijo ella sonriente, y preguntó: – ¿A dónde vamos?

dress2Él la tomo de la mano, dio media vuelta y caminaron. La gente, a penas se dio cuenta de que ellos existían de aquella forma; y ellos, apenas sabían que había mas personas en aquel parque.

Conversaron pobremente mientras caminaban; solo sonreían y se miraban, pareciera que guardaban todo lo que se querían decir o hacer, para cuando estuviesen uno en frente del otro.

Pronto llegaron a un lugar extravagante. Era lúgubre, pero con un aire de nobleza. Había una mesa reservada para ellos con una botella de vino rosa.

– ¿Sabes que solo puedo beberme unas copas? _ Dijo a modo de broma, recordando lo borracha que estaba la ultima vez que se vieron.

– Lo sé. Acordé con la mesera que solo nos tomaremos la mitad. _ Tomó una silla y se la ofreció para que ella se sentara.

El lugar y sus bombillas de tenues luces amarillas. Lámparas con estilo inglés, jazz en vivo y sus asientos cubiertos de terciopelo, llevaron a sus mentes a sentirse lejanamente en los años 20.

baile2Hacía años que no hablaban estando tan cerca, que no sonreían al tiempo, que no se tomaban de las manos. Aunque ambos sabían que todo aquello era temporal, aun cuando en sus mentes estaba claro que, si bien juntos eran magia, el espectáculo acabaría; se disfrutaban como si la luna se hubiese detenido y les dejara vivir eternamente aquellos sentimientos.

Una canción conocida para él comenzó a sonar. La voz de Ella Fitzgerald y el saxo de Armstrong le trajeron un deseo de disfrutar la pieza al son de sus pies.

– ¿Me concedes un baile? _ Dijo, extendiendo la mano hacia su contraparte.

La joven se ruborizo y puso ambas manos en sus cachetes.

– Pero si no se bailar esto. _ Susurró.

– Vamos, yo te llevo.

Baile4Ella se levantó y se puso justo frente a él, quien tomó sus manos, una por encima de su hombro y la otra al aire, y comenzó a moverse con ella hacia ambos lados al ritmo de un-dos. El calor de sus cuerpos ardía por encima de sus ropas. El olor de ambos se entrecruzaba en cada vuelta que daban. Entre la música y el baile se entrelazo un beso perdido.

La luz, sus miradas, la lámpara, la música… Ella, rojo mate en los labios. Él, olor a hierba mojada en la lluvia. Se habían unido, y fundido el aire que entre ambos se desplazaba. La gente de aquel lugar desapareció por completo, fueron desacelerando el ritmo y compás y, sin darse cuenta, estaban solo parados allí, sin moverse.

– Quiero que me hagas el amor. _ Su mirada había cambiado, la niña bonita del vestido de coctel ahora tenía ojos de ave rapaz.

Sin decir nada, él tomó la botella de vino, dejó el dinero en la mesa y salió con ella de la mano. Se detuvo repentinamente antes de salir al notar que había empezado a llover, entonces ella tomó el mando de aquella nave que no se decidía a zapar, elevó anclas y abrió las velas para aprovechar el viento del deseo que la empujaba desde proa. Apretó sus manos y salió, él no pudo más que seguirla. La noche, la luna, la lluvia y él, no sabían a donde iba aquella mujer de pasos firmes.

Caminaron unas cuadras y entraron a un hotel para él, desconocido. Tenia un gran lobby y unas escaleras al fondo de este. Rodeado de columnas dóricas con detalles muy barrocos, parecía mimetizar un coliseo de batalla.

pensarte 3

Subieron las escaleras y una gran puerta doble de madera los esperaba. Ella abrió, él empujó y la luz de la luna descanso sobre el pasillo de una bonita y gran habitación.

Cerraron las puertas y, sin mediar palabras se besaron; tan despacio como si entendieran que nadie los esperaba. Se besaron tan profundamente que el tiempo se sintió ignorado y comprendió la relatividad de su existencia. Sus labios se disfrutaron como baño de aguas termales, el calor de su aliento hizo tormentas en sus bocas y el estruendo de sus lenguas empezó a dejarlos náufragos en un éxtasis vicioso.

Lo abrazó y su mano llego a tocar su cuello. Él por su lado, canino después de todo, la tomó de la pierna y, por debajo del vestido, apretaba sus muslos como si de eso dependiera no caer al precipicio. Ella aceleró sus besos y él puso fuerza a los suyos.

Se separó de su verdugo, se arregló el vestido y se sentó en la cama para quitarse los tacones.

tacones 4-– No te los quites. _ Le dijo, al momento justo cuando ella tenía la punta del taco en los dedos.

– ¿Es algún fetiche nuevo? _ Preguntó coqueta, con una sonrisa casi imperceptible.

– Por ahora mi fetiche eres tú. _ Le dijo mientras tomaba su vestido y, con un movimiento suave lo quitó de su cuerpo para darse cuenta de que, además de los zapatos color negro, lo único que llevaba puesto eran unas prendas color carmín.

Quedó atónito ante tan majestuosa belleza. Parada frente a él, desnuda y con tacones, había una mujer de rostro de niña, mirada coqueta y piel de ámbar, quien, con firmeza posó su pierna derecha en el colchón mientras él aún estaba parado frente a ella, y dijo:

– Si soy tu fetiche, entonces eres libre de saciarlos.

Terminando de escuchar aquella invitación al pecado, se quitó la camisa y desabrochó la correa mientras caminaba hacia ella con intensidad y pasión. Ella le ayudó a despojarse de sus telas, aun con una pierna encima de la cama, lo que dejó a la intemperie sus muslos; la tomó y, levantándola, la llevó hasta la pared en una lucha para ver quien conquistaba primero la boca del otro. Ella lo abrazaba con fuerza entretejiendo sus pies en la espalda de su atacante. Este, la levantó un poco más y quedo frente a frente con sus pechos, los besó con precisión de asesino mientras tomaba el otro como rehén en espera de ser ejecutado.

En la paredElla, con sus brazos, lo apretaba hacia su pecho mientras disfrutaba de sus manos y sus labios, que comían su pecho como bestia hambrienta. Sintió un brusco movimiento y, sin saber como, se estrelló contra la cama quedando indefensa ante la sed de carne de aquel lobo indómito.

Entonces se sintió un momento de calma. Aquella calma que se siente en el ojo de un huracán, una tranquilidad impaciente de saber que viene una tempestad aún peor. A piernas abiertas, sin fuerzas para hacer más que sentir unos labios deslizándose desde su ombligo hasta sus senos.

Arañar

Las manos fuertes de aquel hombre la tenían atrapada de ambos lados de su cintura mientras él, seguía rasgando todo a su paso hasta desembocar en su cuello. Ella, con sus uñas afiladas, intentaba, a duras penas; defenderse clavándolas en la espalda desnuda de la bestia, que sin pausa seguía besando, lamiendo y mordiendo su carne.

– ¡Espera! _ Dijo sin fuerzas. Se soltó de los brazos del animal y, a cuatro patas se dispuso a huir para hacer su movida, pero él fue más rápido.

Dedo labiosLa tomó las piernas mientras ella, boca abajo, soltó un chillido ahogado al sentir un cálido toque en medio de su fuente. Intento cerrar las piernas en un reflejo involuntario, pero fue tomada por los muslos y levantada hasta quedar como felina estirada.

Él, que ha perdido en parte la razón, se esmeró en beber de su caudal con sed desmedida.

Cuando todo se había calmado de nuevo, sujetó las bragas y las quitó de ella, dejando expuesto su sexo. Con sus manos en la cima de las nalgas de ella, prosiguió su cometido con más paciencia.

Ella, había caído presa de una bestia de la cual ya no quería escapar. Acomodó su cuerpo y con los dedos en la boca, los mordisqueaba entre gemidos. Una de sus manos se deslizo hasta su templo haciendo saber que se acercaba el clímax. Con suspiros ahogados y palabras entrecortadas exclamo, con un grito; que había llegado a la isla del tesoro en un barco a la deriva.

Agotada por el viaje, se dejó caer a peso muerto en la cama. Como gacela herida, aun respiraba cansada. Él, aprovecho este momento para completar su propia desnudez, al quitarse las medias, protegió su arma antes del ataque, la agarró por las caderas y la arrastro hacia sí. Tarde se dio cuenta de que había caído en la trampa. Bajó la guardia y, en un vuelco enredado; ella estaba encima con una sonrisa llameante.

– Quiero mas de ti. _ Le susurró aun sin poder respirar a sus anchas.

Encima

Sin dejarlo decir una palabra, tomó el arma de aquel caballero y, como si se tratase de un Harakiri, se estocó así misma sin temor. La mujer que yacía indefensa en la cama, la que trataba de huir, aquella que había perdido las fuerzas; como el fénix, había renacido y ahora quemaba el sexo del que se creía cazador.

Sus caderas abrasaban el miembro del joven que, veía estremecido; como una fiera agarrada a su pecho emanaba alaridos de placer al ritmo del movimiento. El vaivén de su pelvis, el baile de la lujuria que ella danzaba le llevaba hasta lo alto de un cerro, sentía que caía al vacío y volvía a subir.  Ella era quien tenia el control, quien comandaba los deseos que lo hacían hervir.

Como ave que se lanza para tomar su presa, ella se recostó en su pecho, mordiendolo sin misericordia, sin que cesara su baile infernal, lo miro a los ojos y ambos sintieron como se fundían en deseo con un beso. Aquel beso fue el testigo del averno en el que se había convertido aquella habitación. Ya no era ella, ya no era él… Eran ellos, su sudor, el olor de su pasión, el sabor de su piel. Eran uno. El la abrazó, tan fuerte que delató sus últimos pasos para ser lanzado del barranco sin regreso, directo al orgasmo.

Entre caricias, besos, mordidas y arañazos, se amaron, se quisieron, se cogieron, se quemaron. Cada una de sus células habían sentido como dos cuerpos se fundieron.

Y allí estaban, con la cabeza en su pecho. Con las manos en sus nalgas, con las piernas entrecruzadas. Habían entrado dos personas, y en ese preciso momento, solo quedaba la tercera persona del plural.

Esta vez, quien se levantó tarde fue ella. Había quedado exhausta al parecer, y no se percató que ya era de mañana. Miró a su lado y, como temía; no había nadie. De inmediato notó que no tenia los tacones puestos y que había desayuno en la mesa de noche, donde, debajo de la taza con chocolate, había una nota.

Abrazados en al ducha

La tomó, y su rostro hizo una mueca entre una sonrisa y un dejo tristeza. Dejó el papel en la bandeja y buscó su ropa interior. Tomó su vestido y en su mente solo rondaba un pensamiento: “Debes irte” sin embargo, la curiosidad es más fuerte.

– Podría leer la nota y hacer como si nunca la leí. _ Se dijo.

Posó el vestido en la cama, se sentó al lado de la bandeja, tomó el pedazo de papel y lo abrió rápidamente:

“Me encantó, te veo en el jacuzzy cuando despiertes, aun es temprano, podemos disfrutar un rato más”

– Idiota. _ Al decir esto, sonrió, se quitó la ropa interior y fue a darse un baño.

Allí estaba él, lavándose el cabello.

– ¿Entonces soy un idiota? _ Dijo burlándose.

– Cállate.

Lo abrazó mientras él cerraba la puerta de la bañera.

19 Lunares

La dosis perfecta de motivación llevaba su nombre.

La espera, un poco de vino barato, un trago; sonrisas, la puerta…su ausencia.

No me dio tiempo a girar cuando su pelo caía cerca de mis hombros. Me sonrió y, amable; saludó.

Su mirada, su índice en la nariz cuando reía… su abrir y cerrar de ojos.

¿Alguna vez has sentido a alguien sin tocarlo?

Como si sintieras sus dedos en tu barbilla y, sin hacer esfuerzo alguno, te halara hacia sí.

“Un poco de alcohol quizás me ayude a controlar mis ganas…” Eso no fue una buena idea.

La música se le metía por la espina dorsal; desde el coxis llegaba a su médula y provocaba, en su cabello; ondulantes movimientos psicodelicos.

Se perdió por un momento, cerró los ojos y, como si hiciera el amor con la guitarra en “A contra luz”; dejo caer suavemente su cuerpo en la silla del bar, deslizando su espalda como si los tonos de la canción hicieran vibrar su físico desde el interior… sonreía como quien encuentra felicidad.

Maldición mía que mi mente no dejara pasar detalles.

Existen tantas cosas que decir en la distancia que existe entre dos mentes que no dejan de mirarse, entre dos cuerpos de polos opuestos, entre dos almas que desean romper; al menos, una ley de la física y hacerse una; aunque sea solo un instante.

Pues, quizás no nos conozcamos lo suficiente, pero, de lo poco que sé; es que una forma en que nos comunicamos es a ritmo de bachata. Sus manos frágiles que me agarran fuerte, que tocan mi espalda y en cada giro me aprietan hacia su centro.

El olor de su pelo, su sonrisa tras la mía, en asincrónica perfección. Sus movimientos mimetizando el viento y sus dedos ardiendo como fuego en mi cuello. Con ritmo tropical sus caderas se balanceaban armónicas, terminando; exactamente cada cuatro tiempos, sus piernas entre las mías, para inmediatamente movernos a la par, como cardumen emigrante.

Era la forma más fácil de hacerle saber las ganas que me provoca contar todos sus lunares. “Tiene 19 lunares en el camino de su boca hasta su cintura.”

Sus benditos labios, que suele morder cada cierto periodo de tiempo, creando una tortura a mis pensamientos. “Es un maldito poema verte ser…” Le dije.

Otra1

A penas comenzaba el día cuando una sombra tenue nos arropo, nos vimos cara a cara menos de un segundo, eso bastó para que el tiempo se detuviera y hacer de aquel momento el más largo de toda la noche. Una noche sin luna, su rostro de sol… en sus pupilas una llama.

Aun no sé si fui yo quien la beso o si ella me atrajo psíquicamente hacia su boca. Tan ligero fue al tocarnos que mi mente emblanqueció; tan fuerte fue al sentirnos que mis manos trataban de fusionarse a su espalda.

Su lengua, mis latidos.

Su olor, mis suspiros.

Sus feromonas, mis caricias.

Su adiós, mi “Hasta pronto”