Ellos – Borrachos de Coctel

Parte 1

– Arrrrggg ¡Mierda! Ya no tomo más.

Ese fue el último trago de la noche. No recuerda cuántos de esos llevaba en la sangre, pero solo trataba de no pensar en aquel hombre antes que el amargo del whisky alcanzara su garganta.

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Se despidió de sus amigas con un medalaganario movimiento de manos y salió del bar a medias. A medias porque sus manos se agarraban aun de la entrada. Con brazos extendidos, antes de poner un pie en la acera, respiro despacio y profundo, inundando sus pulmones con olor a lluvia próxima y un leve toque de marihuana. Sonrió y al fin salió del bar.

Una noche húmeda y las calles iluminadas por lámparas opacas de un color amarillo gastado, le daban la sensación de estar en una película vieja. Recordó que debía buscar un taxi para ir a casa. Tomo su celular y busco sin suerte de encontrar vehículo alguno. Decidido caminar de norte a sur hasta llegar al parque donde era más seguro encontrar el servicio, no sin antes quedarse descalza.

– Señores, un placer compartir con ustedes. _ Dijo él, al cantinero, antes de salir llevándose por delante una silla de plástico.

Por coincidencia, en la calle paralela, en una bodega oscura y sombría, estaba él. Había salido para beber y encontrar, en el alcohol, un compañero de esos que te hacen reír cuando estas triste; pero no tuvo suerte. Él no es de aquellos que se dejan llevar por la adicción tan fácilmente… a menos que se trate de ella.

A duras penas, y tambaleándose, salió de aquel lugar casi empujado por la mirada de quien le había servido. Eran las 3:00am de un día jueves, y este hombre no recordaba donde había dejado su carro. Así que se dirigió de sur a norte para encontrar un hotel cercano que conocía.

F

Ella, con un vestido de color negro que marcaba su silueta perfectamente entre las sombras y luces de aquella ciudad primada. Sus piernas podían verse desde las rodillas hasta sus pies descalzos, y en las manos, un par de tacones.

Se sobresalto un poco al ver la silueta masculina que venía hacia a ella y que no podía distinguir a lo lejos. Aun así, siguió su camino, quizás por valiente, tal vez por descuidada, o pudo ser el alcohol.

El, que había recuperado un poco el equilibrio, podía ver una silueta femenina que, despacio se acercaba. La mente se le aclaro un poco gracias a su sentido de protección, entonces se acercaron demasiado.

Y ahí sus miradas chocaron. No lograban verse completamente bien, aun no sabían quien era aquella persona que le miraba, pero, una energía magnética los hizo caminar en dirección a media calle.

Ella lo reconoció, y él a ella. Se detuvieron a unos metros de distancia. Sonrieron. Caminaron el uno hacia el otro. Caminaron hasta que, sin estar tan cerca, podían sentirse.

G

– Holis. _ Dijo ella con una voz alegre y dulce.

– Hola niña. _ Dijo él, casi tartamudeando.

Ella se lanzó hacia él, lo abrazo y se recostó de su pecho, como cansada de caminar.

Y allí estaban. Cansados, perdidos y borrachos. El cielo oscuro y una calle solitaria no son buenos consejeros cuando dos personas se miran como se miraron. Era natural que se besaran con aquella pasión desmedida, con sed, con ganas. Las pocas luces que había desaparecieron de sus mentes y todo se hizo nada.

Pausa en vivo que lo hace morir.

Es increíble el tiempo que tenía sin escribir nada en mi blog.

130512cr01Aun cuando amo este arte de usar caracteres para codificar un mensaje que haga, a quien lo descodifique, sentir cosas.

Hoy, comencé a escuchar a Zoe, una banda de la cual no se mucho pero su música es de esas que extrañamente nos hacen recordar cosas que nunca pasaron y que, si pasaron, se siente extraño recordarlas; rompí el hielo que tenía a mis dedos congelados y no me dejaba escribir, quizás la música me ayudo.

Siento que estoy en una de esas etapas donde las ideas vuelan libres en nuestros pensamientos, la creatividad sigue activa, y no para, pero por alguna razón no encuentras la manera, ni el tiempo ni la motivación para tomarlas y plasmarlas aunque sea en una servilleta; y pensé, esto no solo le pasa a un individuo pseudo poeta que vive en una isla subdesarrollada y que trabaja para sobrevivir en un país que no comparte sus ideas.

Hay momentos en nuestras vidas donde sientes como si una pausa se estableciera en tu mente, tu cuerpo se mueve continuamente en modo automático y, aunque estas en movimiento, tu mente solo está ahí para ocupar aquel etéreo espacio en la nada, sin motivación para hacer más que tus acostumbradas acciones: Ir al trabajo, hacer deberes, ir a estudiar, volver a casa y alguna que otra necesidad básica.

Es como estar encerrado en una jaula con ruedas que no te deja mirar más allá de lo que alcanzan tus manos; el mouse, un teclado, la taza de café…

Tienes conversaciones que olvidas al rato, aunque trates de poner atención solo recuerdas pedazos que quizás, con un poco de esfuerzo, logras comprender el mensaje por el contexto de las piezas que ves en tu cabeza.

Caminas hacia el trabajo solo mirando el asfalto cuando antes todo podía ser interesante; las nubes, el color del cielo en aquella mañana o ver si la luna esta aun mirándote. Cuando regresas es lo mismo.

Si eres como yo, con pensamientos enérgicos, alguien que busca motivación en los más mínimos detalles, querrás luchar en contra de esto, de este estar más que ser.

Mientras estés en este estado moribundo podrías intentar despertar de la rutina, romper el esquema y motivar tu cuerpo a hacer algo con más significado que utilidad.

Salir a comer a otros lugares y no al mismo comedor que vas a diario, besar.

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Bailar con alguien donde escuches una música sin importar quien este mirando; al fin y al cabo no es su vida.

Sonreírle a alguien, mirar bonito, coquetear…Apagar el celular o hacer el amor en la sala con las ventanas abiertas en un tercer piso.

Porque, aunque tu mente este en pausa y tu cuerpo en automático nadie puede detener al tiempo…es el único que no puedes controlar a menos que sea contando lunares con los labios, dando besos sin pensar, tocando almas, creando sonrisas, riendo a carcajadas.

Y es que no hay tiempo más que para vivir, y no sabemos cuánto nos queda. Quizás, por la naturaleza en que nuestras sociedades están creadas no podamos vivir de nuestras pasiones, pero deberíamos buscar a toda costa el poder practicarlas con más frecuencia.

Sigo escuchando a Zoe, me gusta su música…

Jugando a Besar

– No debemos. _Susurro mientras con miedo me miraba.

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– Lo sé, pero ¿qué puedo hacer si lo deseo? _Mi corazón palpitaba casi tan rápido como el de ella y solo se escuchaba eso y nuestra respiración, que en armonía susurraba que estábamos a punto de besarnos.

– También lo deseo. _En su voz se escuchaba una derrota. – Pero no es correcto.

– ¿Y que lo es? ¿Ahogarnos en la decisión de hacer lo que sentimos o seguir nuestra razón? Pues, me doy por vencido. _Terminando estas palabras me acerqué tan rápido y suave que apenas le dio tiempo a cerrar los ojos antes de juntar nuestros labios en un beso desconocido y nuevo, con aires de aventura.

La suavidad de su boca era tal, como aquel aire que mueve las llamas de una vela sin apagarla.

Nuestras narices conocieron su temperatura y se hicieron amigas por unos segundos.

Fue un tiempo muerto donde solo había carne viva en nosotros; el calor de su aliento fue agua fresca que deleitó mis sentidos.

Solo 5 segundos bastaron para ella, en 5 segundos decidió que ya no necesitaba besarme más para saber que le gustaban mis besos, aunque para mí no fueron suficientes.

– Por favor, no vuelvas a hacer eso.

– ¿Por qué? _Pregunte con cara de saber la respuesta y una sonrisa malévola en mi rostro se lo hizo entender.

– Porque me gusto, pero no es correcto. _Se repetía, era lo único que tenía para frenar sus deseos de seguir.

– Entonces no los aceptes, si cuando te beso respondes a mis deseos tenemos cada uno la mitad de la culpa.

– No sé si pueda.

– Entonces ríndete, aunque tu lucha hace más interesante el juego.

– No tendrás oportunidades de actuar.

– Las inventare, me encanta jugar contigo. _En este momento su mirada cambio, era más fuerte, como si ella estuviese llevando el control y no yo.

Me empujo con las yemas de sus dedos en mi pecho y retrocedí como si me empujara el viento más recio que haya sentido. Cuando mi cuerpo toco la mesa entonces se me acerco y mirando cara parte de mi rostro dijo: “¿Y cómo sabes que no soy yo la que está jugando contigo?”

Sonrió coqueta y dejo el salón, ni siquiera miro hacia atrás.