Ellos y nadie más

Parte 4

Era uno de esos días donde el sol sonríe. Ese día no hacía calor, la luz se posaba tenue y plácida en los hombros de los transeúntes, dándoles un abrazo acogedor. Era una de esas tardes donde sientes que algo bueno pasará, donde te quedas mirando fijo hacia ninguna parte y sonríes; una de esas tardes en que hay una energía que sale de tus poros y te hace ir adelante.

ShirtPantalón, zapatos grises, una camisa de mangas largas. Peinó su rizado cabello, arregló su barba, echó fragancia en su cuerpo y se miró en el espejo.

– ¿Por qué rayos siempre termino vestido como oficinista? _ Pensó, y sonrió por su falta de conocimiento de la moda.

En una habitación de paredes azules, al otro lado de la ciudad, un labial color granate se deslizaba por sus pronunciados labios. Ella, que no solía maquillarse, apenas se había puesto polvo y un poco de sombras. La sencillez era parte de su esencia.

Un vestido de coctel que no alcanzaba sus rodillas, dejando al descubierto sus esbeltas y hermosas piernas. Zapatos negros de tacón fino; quiso ponérselos, aunque no tenía por costumbre usarlos con frecuencia, deseaba verse atractiva, quería que él la deseara.

En las calles de aquella ciudad con aires coloniales, la gente caminaba sin prestar atención a los detalles. Distraídos en sus menesteres, pocos disfrutaban de las energías que produce la caída del sol entre las tejas de las casas.

WhiskyÉl llego 20 minutos antes de la hora acordada, fue al bar que acostumbraba y pidió un trago de whiskey. Habló un rato con el cantinero, le contó un chiste y salió del bar. Justamente al mirar al otro lado de la calle, de un taxi salía ella. A pocos metros de distancia, en la misma calle donde se vieron en días pasados, estaban mirándose a los ojos fijamente como quien trata de encontrarle fin al horizonte. Caminaron hacia el centro de la calle hasta encontrarse. Ella, mirada de águila, cerró los ojos para disfrutar el aire mientras volaba. Él, como cazador furtivo, disparó el primer beso para hacer caer a su presa desde lo alto hasta sus labios.

– Holis. _ Dijo ella sonriente, y preguntó: – ¿A dónde vamos?

dress2Él la tomo de la mano, dio media vuelta y caminaron. La gente, a penas se dio cuenta de que ellos existían de aquella forma; y ellos, apenas sabían que había mas personas en aquel parque.

Conversaron pobremente mientras caminaban; solo sonreían y se miraban, pareciera que guardaban todo lo que se querían decir o hacer, para cuando estuviesen uno en frente del otro.

Pronto llegaron a un lugar extravagante. Era lúgubre, pero con un aire de nobleza. Había una mesa reservada para ellos con una botella de vino rosa.

– ¿Sabes que solo puedo beberme unas copas? _ Dijo a modo de broma, recordando lo borracha que estaba la ultima vez que se vieron.

– Lo sé. Acordé con la mesera que solo nos tomaremos la mitad. _ Tomó una silla y se la ofreció para que ella se sentara.

El lugar y sus bombillas de tenues luces amarillas. Lámparas con estilo inglés, jazz en vivo y sus asientos cubiertos de terciopelo, llevaron a sus mentes a sentirse lejanamente en los años 20.

baile2Hacía años que no hablaban estando tan cerca, que no sonreían al tiempo, que no se tomaban de las manos. Aunque ambos sabían que todo aquello era temporal, aun cuando en sus mentes estaba claro que, si bien juntos eran magia, el espectáculo acabaría; se disfrutaban como si la luna se hubiese detenido y les dejara vivir eternamente aquellos sentimientos.

Una canción conocida para él comenzó a sonar. La voz de Ella Fitzgerald y el saxo de Armstrong le trajeron un deseo de disfrutar la pieza al son de sus pies.

– ¿Me concedes un baile? _ Dijo, extendiendo la mano hacia su contraparte.

La joven se ruborizo y puso ambas manos en sus cachetes.

– Pero si no se bailar esto. _ Susurró.

– Vamos, yo te llevo.

Baile4Ella se levantó y se puso justo frente a él, quien tomó sus manos, una por encima de su hombro y la otra al aire, y comenzó a moverse con ella hacia ambos lados al ritmo de un-dos. El calor de sus cuerpos ardía por encima de sus ropas. El olor de ambos se entrecruzaba en cada vuelta que daban. Entre la música y el baile se entrelazo un beso perdido.

La luz, sus miradas, la lámpara, la música… Ella, rojo mate en los labios. Él, olor a hierba mojada en la lluvia. Se habían unido, y fundido el aire que entre ambos se desplazaba. La gente de aquel lugar desapareció por completo, fueron desacelerando el ritmo y compás y, sin darse cuenta, estaban solo parados allí, sin moverse.

– Quiero que me hagas el amor. _ Su mirada había cambiado, la niña bonita del vestido de coctel ahora tenía ojos de ave rapaz.

Sin decir nada, él tomó la botella de vino, dejó el dinero en la mesa y salió con ella de la mano. Se detuvo repentinamente antes de salir al notar que había empezado a llover, entonces ella tomó el mando de aquella nave que no se decidía a zapar, elevó anclas y abrió las velas para aprovechar el viento del deseo que la empujaba desde proa. Apretó sus manos y salió, él no pudo más que seguirla. La noche, la luna, la lluvia y él, no sabían a donde iba aquella mujer de pasos firmes.

Caminaron unas cuadras y entraron a un hotel para él, desconocido. Tenia un gran lobby y unas escaleras al fondo de este. Rodeado de columnas dóricas con detalles muy barrocos, parecía mimetizar un coliseo de batalla.

pensarte 3

Subieron las escaleras y una gran puerta doble de madera los esperaba. Ella abrió, él empujó y la luz de la luna descanso sobre el pasillo de una bonita y gran habitación.

Cerraron las puertas y, sin mediar palabras se besaron; tan despacio como si entendieran que nadie los esperaba. Se besaron tan profundamente que el tiempo se sintió ignorado y comprendió la relatividad de su existencia. Sus labios se disfrutaron como baño de aguas termales, el calor de su aliento hizo tormentas en sus bocas y el estruendo de sus lenguas empezó a dejarlos náufragos en un éxtasis vicioso.

Lo abrazó y su mano llego a tocar su cuello. Él por su lado, canino después de todo, la tomó de la pierna y, por debajo del vestido, apretaba sus muslos como si de eso dependiera no caer al precipicio. Ella aceleró sus besos y él puso fuerza a los suyos.

Se separó de su verdugo, se arregló el vestido y se sentó en la cama para quitarse los tacones.

tacones 4-– No te los quites. _ Le dijo, al momento justo cuando ella tenía la punta del taco en los dedos.

– ¿Es algún fetiche nuevo? _ Preguntó coqueta, con una sonrisa casi imperceptible.

– Por ahora mi fetiche eres tú. _ Le dijo mientras tomaba su vestido y, con un movimiento suave lo quitó de su cuerpo para darse cuenta de que, además de los zapatos color negro, lo único que llevaba puesto eran unas prendas color carmín.

Quedó atónito ante tan majestuosa belleza. Parada frente a él, desnuda y con tacones, había una mujer de rostro de niña, mirada coqueta y piel de ámbar, quien, con firmeza posó su pierna derecha en el colchón mientras él aún estaba parado frente a ella, y dijo:

– Si soy tu fetiche, entonces eres libre de saciarlos.

Terminando de escuchar aquella invitación al pecado, se quitó la camisa y desabrochó la correa mientras caminaba hacia ella con intensidad y pasión. Ella le ayudó a despojarse de sus telas, aun con una pierna encima de la cama, lo que dejó a la intemperie sus muslos; la tomó y, levantándola, la llevó hasta la pared en una lucha para ver quien conquistaba primero la boca del otro. Ella lo abrazaba con fuerza entretejiendo sus pies en la espalda de su atacante. Este, la levantó un poco más y quedo frente a frente con sus pechos, los besó con precisión de asesino mientras tomaba el otro como rehén en espera de ser ejecutado.

En la paredElla, con sus brazos, lo apretaba hacia su pecho mientras disfrutaba de sus manos y sus labios, que comían su pecho como bestia hambrienta. Sintió un brusco movimiento y, sin saber como, se estrelló contra la cama quedando indefensa ante la sed de carne de aquel lobo indómito.

Entonces se sintió un momento de calma. Aquella calma que se siente en el ojo de un huracán, una tranquilidad impaciente de saber que viene una tempestad aún peor. A piernas abiertas, sin fuerzas para hacer más que sentir unos labios deslizándose desde su ombligo hasta sus senos.

Arañar

Las manos fuertes de aquel hombre la tenían atrapada de ambos lados de su cintura mientras él, seguía rasgando todo a su paso hasta desembocar en su cuello. Ella, con sus uñas afiladas, intentaba, a duras penas; defenderse clavándolas en la espalda desnuda de la bestia, que sin pausa seguía besando, lamiendo y mordiendo su carne.

– ¡Espera! _ Dijo sin fuerzas. Se soltó de los brazos del animal y, a cuatro patas se dispuso a huir para hacer su movida, pero él fue más rápido.

Dedo labiosLa tomó las piernas mientras ella, boca abajo, soltó un chillido ahogado al sentir un cálido toque en medio de su fuente. Intento cerrar las piernas en un reflejo involuntario, pero fue tomada por los muslos y levantada hasta quedar como felina estirada.

Él, que ha perdido en parte la razón, se esmeró en beber de su caudal con sed desmedida.

Cuando todo se había calmado de nuevo, sujetó las bragas y las quitó de ella, dejando expuesto su sexo. Con sus manos en la cima de las nalgas de ella, prosiguió su cometido con más paciencia.

Ella, había caído presa de una bestia de la cual ya no quería escapar. Acomodó su cuerpo y con los dedos en la boca, los mordisqueaba entre gemidos. Una de sus manos se deslizo hasta su templo haciendo saber que se acercaba el clímax. Con suspiros ahogados y palabras entrecortadas exclamo, con un grito; que había llegado a la isla del tesoro en un barco a la deriva.

Agotada por el viaje, se dejó caer a peso muerto en la cama. Como gacela herida, aun respiraba cansada. Él, aprovecho este momento para completar su propia desnudez, al quitarse las medias, protegió su arma antes del ataque, la agarró por las caderas y la arrastro hacia sí. Tarde se dio cuenta de que había caído en la trampa. Bajó la guardia y, en un vuelco enredado; ella estaba encima con una sonrisa llameante.

– Quiero mas de ti. _ Le susurró aun sin poder respirar a sus anchas.

Encima

Sin dejarlo decir una palabra, tomó el arma de aquel caballero y, como si se tratase de un Harakiri, se estocó así misma sin temor. La mujer que yacía indefensa en la cama, la que trataba de huir, aquella que había perdido las fuerzas; como el fénix, había renacido y ahora quemaba el sexo del que se creía cazador.

Sus caderas abrasaban el miembro del joven que, veía estremecido; como una fiera agarrada a su pecho emanaba alaridos de placer al ritmo del movimiento. El vaivén de su pelvis, el baile de la lujuria que ella danzaba le llevaba hasta lo alto de un cerro, sentía que caía al vacío y volvía a subir.  Ella era quien tenia el control, quien comandaba los deseos que lo hacían hervir.

Como ave que se lanza para tomar su presa, ella se recostó en su pecho, mordiendolo sin misericordia, sin que cesara su baile infernal, lo miro a los ojos y ambos sintieron como se fundían en deseo con un beso. Aquel beso fue el testigo del averno en el que se había convertido aquella habitación. Ya no era ella, ya no era él… Eran ellos, su sudor, el olor de su pasión, el sabor de su piel. Eran uno. El la abrazó, tan fuerte que delató sus últimos pasos para ser lanzado del barranco sin regreso, directo al orgasmo.

Entre caricias, besos, mordidas y arañazos, se amaron, se quisieron, se cogieron, se quemaron. Cada una de sus células habían sentido como dos cuerpos se fundieron.

Y allí estaban, con la cabeza en su pecho. Con las manos en sus nalgas, con las piernas entrecruzadas. Habían entrado dos personas, y en ese preciso momento, solo quedaba la tercera persona del plural.

Esta vez, quien se levantó tarde fue ella. Había quedado exhausta al parecer, y no se percató que ya era de mañana. Miró a su lado y, como temía; no había nadie. De inmediato notó que no tenia los tacones puestos y que había desayuno en la mesa de noche, donde, debajo de la taza con chocolate, había una nota.

Abrazados en al ducha

La tomó, y su rostro hizo una mueca entre una sonrisa y un dejo tristeza. Dejó el papel en la bandeja y buscó su ropa interior. Tomó su vestido y en su mente solo rondaba un pensamiento: “Debes irte” sin embargo, la curiosidad es más fuerte.

– Podría leer la nota y hacer como si nunca la leí. _ Se dijo.

Posó el vestido en la cama, se sentó al lado de la bandeja, tomó el pedazo de papel y lo abrió rápidamente:

“Me encantó, te veo en el jacuzzy cuando despiertes, aun es temprano, podemos disfrutar un rato más”

– Idiota. _ Al decir esto, sonrió, se quitó la ropa interior y fue a darse un baño.

Allí estaba él, lavándose el cabello.

– ¿Entonces soy un idiota? _ Dijo burlándose.

– Cállate.

Lo abrazó mientras él cerraba la puerta de la bañera.

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Parte 1: Ellos – Borrachos de Coctel

Parte 2: Ellos – Resaca al Desnudo

Parte 3: Ellos – Divergentes

Ellos – Divergentes

Parte 3

“Me encantó. Te veo en la calle donde nos besamos. Sábado, 4:00pm” _ Decía la nota que ella había ocultado entre su ropa interior.

Se le escapó una sonrisa que bailaba entre la duda y la picardía.

Era jueves al medio día y él no había ido a trabajar. Se puso los pantalones y los zapatos apurado al recordar su rutina, pero, segundos después, se abandonó a las consecuencias de una noche indescriptible. Se recostó en la cama y durmió.

Hot mug of tea with woman hands. beautiful female cup coffee on the restaurnt . Red hair girl

El sonido desesperante del timbre de teléfonos que, sin parar repiten su tonada cada 2 segundos. El bullicio de gente conversando sobre divisas y productos. La alfombra manchada con corrector para bolígrafos. El retumbar incesante del golpe seco e inmisericorde de un sello pre tintado contra el escritorio y, en medio de ambos, hojas de papel.

Al final del pasillo, entre la madera de un cubículo cuadrado y el humo espeso que salía de una taza llena con una mezcla de leche y chocolate caliente, estaba ella. Con las orejas invadidas por unos audífonos que emanaban música movida; tabulaba en automático, informaciones desde un pedazo de papel a una vieja computadora.

Era viernes, y casi terminaba su labor. Sus compañeros de trabajo la habían invitado a salir luego de la jornada, pero, de inmediato había dicho que no. Esto le recordó la razón por la que no deseaba salir con sus compañeros justamente ese viernes; Él.

Entonces su mente le hizo ver, entre imágenes destellantes, las cosas que podía recordar con claridad de aquella madrugada donde amaneció sobre su regazo.

Él, por su parte, hacia las compras de la quincena. Un listado que había hecho en su celular donde tachaba las cosas que le hacían falta y que ya tomaba del escaparate. Dentro de la lista estaba escrita la palabra “Bóxers” … A su mente se acercó el recuerdo de aquel papel entre su ropa interior y la silueta de la persona que lo había escrito.

Ella recordó las manos grandes, fuertes; y los dedos largos de aquel hombre que había arrasado su piel, como una oz segando un sembradío.

En aquel hombre se asomaban memorias del olor a alcohol caramelizado que provenía de aquella fémina borracha de deseo y cócteles.

En la oficina, ella tomaba la taza con ambas manos y acercaba sus labios a esta con cuidado, imaginando el cuello robusto que dejó aquel sabor a tequila y sal en su paladar.

lips lickingEn el pasillo 9 de aquel supermercado, había un hombre con el cuerpo en un lugar y su mente entre dos piernas.

Ella temblaba mientras trataba de quitar una grapa de un par de papeles por pensar en las mordidas recibidas mientras lamía sus labios.

Con una bolsa llena de lonjas de pan, él trataba de tapar las secuelas que provoca el aumento de la velocidad de la sangre, dirigiéndose como bólido sin freno ombligo abajo; por culpa del departamento de damas en la sección de ropa interior, donde en cada maniquí se la imaginaba a ella.

Cinco minutos antes de las 6:00pm, se levantó de su cubículo y rápidamente se dirigió al baño, entró a un espacio privado, bajó la tapa del sanitario, con la mente en blanco y sin pensar; tapó su boca con la mano derecha y clavó; débilmente, las uñas de la otra mano entre sus muslos.

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Unos segundos pasaron para que su mente volviera en sí con una exhalación que dejo sin aire su diafragma. Sacó del bolsillo su celular. Revisó su pantalón, por si quedaban pistas de su viaje momentáneo; y miró la hora… Era hora de ir a casa.

Abrir la puerta, dejar la llave en la mesa del comedor. Quitarse el brasier. Rascarse la barba. Hacer pis al desnudo. Mojarse el cabello. Abrir la ducha, mojarse la cara, pensarse. Con la frente en la pared había dos mundos totalmente diferentes queriendo colisionar. Con la frente en la pared miraron hacia el muro mojado que tenían delante y, por una milésima de segundo, creyeron verse.

Dos cabezas diferentes, dos mundos divergentes; pensando cada uno cosas similares de una forma muy distinta. Avergonzados por el hecho de que, tan solo por pensar en esa persona, salen de su rutina… pero con ganas suficientes para respirar hasta llenar el cuerpo de aire mientras se piensan mutuamente.

¿Cómo hacer para que esos deseos mengüen si no está la persona que los hace fluir?

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Pues, cada uno tendrá su forma, ¿No? Él mientras tomaba el baño. Ella, justo antes de dormir. Ambos optaron por calmar temporalmente su apetito con ayuda de sí mismos, o de algún juguete. No les quedaba de otra.

Una bocina proveniente de un camión de carga la despertó. Los sábados eran su día favorito. Una ducha, desayuno rápido y quedarse en pijama hasta mediodía, era toda una aventura para ella. ¿Su pijama? Un T-shirt que le cubría hasta los muslos; eso y nada más.

Secándose el cabello, desnudo en medio de la sala de estar, él cambiaba canales de la televisión buscando quien sabe qué. Un sándwich de queso y jamón, algo de jugo y un chocolate que encontró en la nevera. Apagó el televisor. El reloj marcaba la 1:45pm.

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Parte 4: Ellos y nadie más

Parte 1: Ellos – Borrachos de Coctel

Parte 2: Ellos – Resaca al Desnudo

Besos de Nieve

En la 140 de Elmer St. en la esquina con Jefferson Ave. casi en frente de la pastelería con el mismo nombre de la calle mencionada. A las 5:30pm nos veríamos, y yo había salido de casa media hora antes, aun cuando vivía a dos minutos de allí.

Sentado en Stewarts, un bar cercano, pedí un Cuba Libre después de un par de cervezas. El bar tenía una energía melancolía. Había ido allí para fortalecer mi espíritu y mentalizarme; para poder controlar sus emociones al verla. En el gran letrero de afuera dice, en inglés: “Licencia para vender vino, cerveza y espíritus”. Que mejor lugar que éste, para alguien como yo.

Fotografía: Guerrero

Salí del bar para esperarla donde habíamos acordado. Crucé la calle con cuidado y me disponía a doblar la esquina de la Avenida Jefferson. La tarde estaba fría, más fría que otros días. Me había puesto un cobertor en el cuello para poder salir sin congelarme. A pesar de que, no había caído nieve por alguna extraña razón climática, sentía que se me congelaban las piernas.

Justo antes de doblar la calle escuché el ruido del autobús que llegaba a la parada 110 que estaba en frente. Me detuve sin saber por qué, un instinto me aviso que no siguiera caminando. Disminuí la velocidad de mis pasos sin dejar de mirar la enorme caja con ruedas llena de personas. No pasaron 30 segundos cuando aquel autobús ya se iba, dejando al descubierto una figura esbelta y femenina, vestida con un abrigo negro y que miraba desorientada a todas partes.

5

Apreté los puños e intenté enfocar mejor mi vista, ya que a esas horas; en invierno, el sol se pone muy temprano. Una bombilla encima de aquella mujer era lo único que me ayudaba a reconocer su rostro.

Ella posó su vista a mi dirección. Estábamos a menos de 100 pasos de tocarnos. Mi corazón aceleró el ritmo de sus latidos. Los dos a una esquina de distancia decidimos, sin ponernos de acuerdo; encontrarnos a mitad del camino, en la esquina del bar.

Extrañamente no había ni un solo vehículo pasando por la calle Elmer, mucho menos por la avenida. Cruzamos mirándonos desde lejos, sentía en ese trecho el calor que desprendía de su piel. A menos de un metro de distancia, en la misma esquina donde antes estuve, ahí estaba ella. Con un gorro que la tapaba hasta las cejas, las manos en los bolsillos y un pantalón negro hasta los tobillos

Nos observamos por poco menos de un minuto, entonces, casi al mismo tiempo; dimos unos pasos mientras yo me quitaba el guante derecho para tocar su rostro.

La dama frunció el ceño al sentir mis manos heladas.

– Te vas a congelar amor. _ Dijo con una voz más tierna que el roció de las montañas en Montebello.

– Tu rostro es cálido a pesar del frio. _ Dije. Y sonreí.

Sin darnos cuenta, en el cielo se había formado una nube extraña, y la densidad del aire había bajado unos grados. Una gota de agua cayó desde lo alto, a casi un kilómetro de allí. En medio de su caída el aire cristalizó el líquido y lo empujó entre las corrientes de viento bajo cero que allí luchaban. Caprichos del azar, aquella primera gota congelada voló hasta posarse en mi muñeca desnuda.

1Ambos la miramos al tiempo. Luego de posarse entre mis poros, el mismo aire que la había llevado hasta allí, la hizo volar más lejos. Como un baile sincronizado nuestras cabezas coincidieron en un movimiento para ver hacia arriba y darnos cuenta de que, en ese preciso momento, comenzó a nevar. Volvimos a vernos a los ojos, pero esta vez, ella sonrió.

Aquella sonrisa que podía abrir mares y romper tormentas. Aquella sonrisa que llena de calor mi cuerpo y de colores mis energías. La sonrisa que colma de vibras mi espíritu. Sus labios color carmesí dejaron escapar una tenue risa infantil y sus ojos brillaron.

Ahí estaba ella. Sus ojos a blanco y negro. Ella y su rostro fresco. Entonces, hubo un momento de calma, una calma similar al ojo de la tormenta y que augura una peor tempestad.

Sus ojos se clavaron en mí, sentía las suaves punzadas de una mirada fija que me hablaba. Mire sus labios. Su boca era como encontrar exactamente el pecado por el que deseas ser castigado hasta la eternidad. Mi pulgar derecho tocó su comisura izquierda y se deslizo hacia su mejilla en un movimiento involuntario de mi cerebro para esclarecer y estar seguro de que, esto que estaba viendo, esto que sentía… eso que había roto mi defensa y lo hacía expulsar cantidades exorbitantes serotonina y dopamina; era real.

Ella cerro los ojos por la caricia, beso la palma de mi mano. Quito el guante que tenía en su mano izquierda y toco mi muñeca. Sus manos, delgadas y delicadas, con uñas pintadas de blanco, parecían tiernas flores de prado. Sin mucho esfuerzo, quito mi mano de su rostro y posó su mano en mi rostro; a pesar del frío, sentí como mi calor corporal aumentaba.

Podía notar como su mirada jugaba entre mis ojos y mis labios. Se acercó a mi rostro con un movimiento tan natural como cuando la luna oculta al sol en un eclipse; nuestros labios se acercaron, destruyendo así; el frío que deseaba meterse en mis huesos.

El toque inefable de sus labios. Mi cuerpo temblaba y, estoy seguro que no era por el frío. Su respiración se metía entre mis ropas como si desnudo estuviese. En un intento desesperado por romper las leyes de la física y hacer lo imposible para tenerla más cerca, tome su cintura con fuerza empujando su cuerpo contra el mío.

Ella, respondió con furor, y sus besos se tornaron cual tornado embravecido. Destruyo de mi cada pensamiento errante, detuvo mi memoria y mi cuerpo fue ocupado por sus deseos.

Entonces olvide el bar, la lavandería, la pastelería, la calle y la luna… Y solo existía ella, porque sentía, que yo, existía solo por sus besos.

Con un beso, llenó de calor mis poros. Hacia tanto tiempo que no estábamos tan cerca que los copos de nieve esquivaban nuestros cuerpos para no morir derretidos antes de tocarnos.

En aquella esquina, entre el bar y la pastelería, se habían unido el sabor a ron y malvaviscos.

Era la primera vez que veía nieve caer… pero no fue tan maravilloso como verla sonreír una vez más.

Ellos – Resaca al Desnudo

Parte 2

– Casi olvidaba el sabor de tus besos. _ Le dijo mientras lo miraba fijo a los ojos.

– Yo nunca olvidaría los tuyos. _ Sonrió

Tenían meses sin verse y años sin tocarse como en ese momento lo hicieron.

Se conocieron de una forma extraña, casi tanto como se vieron en esas calles solitarias.

Cargada entre sus brazos, ella yacía con ojos cerrados. Él, la miraba mientras subía las escaleras del hermoso hotel vestido de épocas de antaño. La misma habitación de siempre. El mismo lugar a donde solía ir solo, a descansar, a despejar la mente y a buscar ideas, ahora era ocupado por dos personas.

La posó sobre la cama, le desabrochó el brasier y se sentó allí, a mirar la forma en que rebotaba la luz de luna en las ventanas del inutilizable balcón del tercer piso.

I

Se levantó. Se quito la camisa y los zapatos y, de forma imperceptible, ella se había levantado y lo abrazaba desde su espalda hasta tocar su pecho con las manos. Sus manos cálidas y el olor de su piel; con una ligera marca de alcohol, lo hicieron voltear para darse cuenta que ella se había quitado el vestido.

– ¿Qué crees que haces? _ Dijo sonriendo mientras le tapaba el cuerpo con una sábana.

– ¡No me tapes! Estoy lo bastante sobria para saber lo que hago y lo que quiero. _ Al terminar la oración, casi se cae de la cama.

Él, la tomo del brazo para que esta no cayera al suelo.

– Querida. Esta vez, ni yo estoy sobrio.

Con una sonrisa en la cara, él esperaba que ella lo mimetizara… y así fue. Ella sonrió y lo beso como nube contra el viento.

Esos besos con sabor a recuerdo. Besos que traen a la mente historias que nunca pasaron.

6Él la tomo por la cintura y la empujo hacia sí mismo, suavemente, para sentir aquel calor que desprendían sus poros. Los besos se intensificaron, tomando un significado más fuerte. Mordidas, lenguas, saliva y sudor.

Puro frenesí los controlaba. Como si el tiempo que llevaban sin verse acumuló las ganas de sentirse el uno al otro.

No hubo juegos, ni romance… mucho menos compasión. Se despedazaron a caricias. Sin pensarlo, él terminó de desnudarse, ella como respuesta lo tomó del cuello y, acostándose, se posó debajo de él. Un movimiento rápido para acomodarse y hubo unos segundos que parecieron en cámara lenta justo antes de que su sexo se deslizara en sus adentros. 9 centímetros en 3 segundos.

2Ella arqueo la espalda como si desde la cama, las manos de un ángel caído la empujara hacia el cielo. Él comió de sus pechos mientras sus caderas bailaban al son de la lujuria.

Ella, y sus manos agarradas a la espalda de él para no caer.

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Él y sus labios cual lobo matando presa, pegado a su cuello.

Ella y sus pies estirados del placer.

Él y su respiración excitada.

Ella y sus gemidos.

5

Él y sus suspiros.

Ella, en blanco.

Él, muriendo.

Ella… Él

Uno.

El sol parecía mucho más brillante en la mañana. Aprovechó que las cortinas no estaban correctamente colgadas y se coló en la habitación golpeando sus rostro.

Abrió sus ojos lentamente y, cuando su cerebro se encendió, entonces recordó cada sensación que había tenido la noche anterior. Aun podía sentir el palpitar entre sus piernas.

Miró a su lado y no encontró a nadie. Sintió algo de melancolía, pero ya sabía que era una posibilidad.

Entro a la ducha y, con agua caliente, trató de quitarse los pensamientos que le venían a la cabeza y seguir su día sin remordimientos. Salió para vestirse. Escondido en su ropa interior encontró un pedazo de papel.

Lo tomó con dudas, lo leyó, sonrió y, se mordió los labios.

Suspiró.

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Parte 3: Ellos – Divergentes

Parte 4: Ellos y nadie más

Parte 1: Ellos – Borrachos de Coctel

Ellos – Borrachos de Coctel

Parte 1

– Arrrrggg ¡Mierda! Ya no tomo más.

Ese fue el último trago de la noche. No recuerda cuántos de esos llevaba en la sangre, pero solo trataba de no pensar en aquel hombre antes que el amargo del whisky alcanzara su garganta.

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Se despidió de sus amigas con un medalaganario movimiento de manos y salió del bar a medias. A medias porque sus manos se agarraban aun de la entrada. Con brazos extendidos, antes de poner un pie en la acera, respiro despacio y profundo, inundando sus pulmones con olor a lluvia próxima y un leve toque de marihuana. Sonrió y al fin salió del bar.

Una noche húmeda y las calles iluminadas por lámparas opacas de un color amarillo gastado, le daban la sensación de estar en una película vieja. Recordó que debía buscar un taxi para ir a casa. Tomo su celular y busco sin suerte de encontrar vehículo alguno. Decidido caminar de norte a sur hasta llegar al parque donde era más seguro encontrar el servicio, no sin antes quedarse descalza.

– Señores, un placer compartir con ustedes. _ Dijo él al cantinero, antes de salir llevándose por delante una silla de plástico.

Por coincidencia, en la calle paralela, en una bodega oscura y sombría, estaba él. Había salido para beber y encontrar, en el alcohol, un compañero de esos que te hacen reír cuando estas triste; pero no tuvo suerte. Él no es de aquellos que se dejan llevar por la adicción tan fácilmente… a menos que se trate de ella.

A duras penas, y tambaleándose, salió de aquel lugar casi empujado por la mirada de quien le había servido. Eran las 3:00am de un día jueves, y este hombre no recordaba donde había dejado su carro. Así que se dirigió de sur a norte para encontrar un hotel cercano que conocía.

F

Ella, con un vestido de color negro que marcaba su silueta perfectamente entre las sombras y luces de aquella ciudad primada. Sus piernas podían verse desde las rodillas hasta sus pies descalzos, y en las manos, un par de tacones.

Se sobresalto un poco al ver la silueta masculina que venía hacia a ella y que no podía distinguir a lo lejos. Aun así, siguió su camino, quizás por valiente, tal vez por descuidada, o pudo ser el alcohol.

El, que había recuperado un poco el equilibrio, podía ver una silueta femenina que, despacio se acercaba. La mente se le aclaro un poco gracias a su sentido de protección, entonces se acercaron demasiado.

Y ahí sus miradas chocaron. No lograban verse completamente bien, aun no sabían quien era aquella persona que le miraba, pero, una energía magnética los hizo caminar en dirección a media calle.

Ella lo reconoció, y él a ella. Se detuvieron a unos metros de distancia. Sonrieron. Caminaron el uno hacia el otro. Caminaron hasta que, sin estar tan cerca, podían sentirse.

G

– Holis. _ Dijo ella con una voz alegre y dulce.

– Hola niña. _ Dijo él, casi tartamudeando.

Ella se lanzó hacia él, lo abrazo y se recostó de su pecho, como cansada de caminar.

Y allí estaban. Cansados, perdidos y borrachos. El cielo oscuro y una calle solitaria no son buenos consejeros cuando dos personas se miran como se miraron. Era natural que se besaran con aquella pasión desmedida, con sed, con ganas. Las pocas luces que había desaparecieron de sus mentes y todo se hizo nada.

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Parte 2: Ellos – Resaca al Desnudo

Parte 3: Ellos – Divergentes

Parte 4: Ellos y nadie más