Lucia.

La carne de gallina estaba en el caldero, tapada y puesta en el fogón. La doña había puesto la cena un poco tarde, puesto que para que se ablande la carne de gallina había que esperar un rato más de lo normal. Mandó a Chepe al conuco antes de que el sol se ocultara y este, como buen nieto y hombre de la casa, fue sin rechistar.

El conuco estaba subiendo la ladera. La tierra que le había regalado aquel ingenioso presidente a muchos de sus militares para tener, más que el respeto, la gratitud de sus fuerzas armadas; era una tierra fértil que su abuelo le había dejado en herencia.

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Casa de campo – Fotografía: Ramón Guerrero

Llegando a la cima, donde se podía ver la plantación de yuca y el platanal, podía escucharse la música del colmado de la esquina que ponía bachatas de amargue para esas almas que se ahogaban en alcohol por un amor que, quizás, nunca tuvieron. Desde aquella cima también se podía ver la gente cuando iba al manantial por agua para llenar sus tinajas.

Chepe se quedaba mirando a las personas que para esa hora, regresaban a sus casas con vasijas de agua en la cabeza, entonces volvió a la tarea encomendada. Cortó unos cuantos plátanos, sacó un par de yucas, puso agua a las gallinas que ya estaban por dormir y tomó del suelo dos mangos maduros que, con la brisa de la tarde, habían caído de sus ramas.

Puso todo en un saco que llevaba amarrado en el pantalón y se disponía a bajar la colina de vuelta a la casa cuando vio a Lucia que subía del manantial.

Lucia era la hija menor del excoronel de la zona quien fuera uno de los dedos manejados por Balaguer en aquel entonces para controlar las invasiones de los terrenos. Había puesto el nombre de su hija en memoria de una canción escrita por el presidente de Quisqueya en aquel momento. El papá de chepe trabajó también como militar bajo el mando del coronel y, por tal razón, a pesar de que eran amigos, a Lucia no se le permitía hablar con personas diferentes a ellos. Claro, las tierras del coronel Lachapel eran 5 veces más grandes comparadas con las de la familia de Chepe.

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Río La India – Fotografía: Ramón Guerrero

Era raro ver a Lucia cargando agua; conociéndola, Chepe sabía que se había escapado para ayudar a la servidumbre. El soltó el saco y se concentró en mirar aquella silueta de joven fuerte. Un vestido de flores hasta las rodillas y un moño en el cabello, Lucia se comparaba con las mariposas de las que su padre le había hablado en algún momento.

Ella lo miró desde lejos, soltó la vasija en el piso y caminó hacia él. Mientras se acercaba, su cara se hacía más divisible para Chepe, hasta darse cuenta de que había lágrimas en sus pupilas.

– Luci. ¿Tú tá bien? _ Dijo Chepe preocupado.

Una lagrima rebelde rodó por las mejillas rojas de la chica, la limpió rápidamente y no dejó que su rostro pareciera triste, si no, más bien enojado.

– El viejo me quiere mandá pa la capital Chepe. _ Dijo con la vista hacia su casa, que podía verse desde lejos.

– Pero Luci, él quizá tá pensando en tu bien. Allá no te va faltá ná. Y va podé ir a la univerdisá.

– Él me vá a mandá pá que me case con el hijo de un viejo amigo del. Y yo no quiero i pá yá.

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La gallina – Fotografía: Ramón Guerrero

Chepe, con las manos sucias de tierra, tomó las manos de Lucia para tratar de pasarle algo de sus fuerzas. Siempre han estado enamorados, todos en el pueblo lo saben, desde la desembocadura del río, hasta el chorro, pero nadie se atreve a mencionarlo.

Lucia y chepe quedaron mirándose por un corto periodo de tiempo. En él, ella podía ver la inocencia de la gente buena. Una luz de bondad y paciencia, rara en los hombres de aquel lugar. Él, en ella veía el candor de la juventud y una liga entre amabilidad con un temperamento fuerte y decidido, más extraño aun en las mujeres que allí crecían.

Ya había caído el sol, que entre montañas se oculta más temprano. Lucia, decidida al fin, se acercó a Chepe, tanto que podía sentir su olor a hierba fresca y a tierra negra. Lo besó, con una intención tan bonita que Chepe no tuvo otra opción que corresponder.

Chepe, joven fuerte, levantó a Lucia por encima de la empalizada y la llevó cargada a la enramada que había en el conuco. Allí, el olor a cuero se vio opacado por un aroma de hojas y flores que traía el cuerpo de Lucia.

Las manos de la beldad parecían brillar en el rostro de aquel hombre indio de pelo rizado. Las manos de Chepe, robustas y fuertes, acercaron a Lucia a su cuerpo para continuar los besos y las caricias que hace mucho no se daban.

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Bestias en la finca – Fotografía: Ramón Guerrero

Quizás por el miedo a no volverse a ver, o tal vez por lo repentina que fue la noticia, Lucia había renunciado al pudor en aquel momento. Tomó la soga que mantenía el pantalón de Chepe en su lugar, desamarró el nudo y se asió del torso del joven como para fusionarse.

Chepe, que ni tonto ni perezoso, cargó a la joven en su cintura cual almohada hecha de plumas de gaviota. Ya no podían echar hacia atrás. Al son de una guaracha que en la esquina sonaba, Chepe y Lucia sudaban y suspiraban en la enramada del conuco de la familia Rosario.

Las manos de Chepe tocaban las nalgas blancas de la joven, manchándolas de tierra y lodo; empujándolas con fuerza como macho cabrío. Lucia abrazaba con energía el cuello del indio, dejándole comer sus senos antes nunca vistos y con la mirada hacia arriba pidiendo a los santos que el momento nunca acabara.

Nadie escuchaba nada. Nadie podía imaginarse lo que allí pasaba. Pero los gemidos se perdían en el monte. Como bestias indomables, Lucia y Chepe unieron sus cuerpos en sexo y lujuria. Para ellos, eso significaba ser marido y mujer afianzando sus lazos en cada estocada.

Chepe bajo de su cintura a Lucia y la recostó de las paredes de madera del conuco, de espaldas a él; y continuó su embestida como semental en apareo. Un mareo repentino inundo a la joven y su mente perdió lucidez. Entre más le gustaba lo que su hombre le hacía, más sentía que su consciencia se iba. Se asustó y, con miedo a caer muerta, se agarro de los brazos fuertes de su amante, quien la tomó por las muñecas y la dejó a penas respirar.

– Me siento morí, Manuel. _ Dijo Lucia, llamándolo por su nombre verdadero.

– Pué de aquí salimo muelto lo dó.

Al decir aquellas palabras, la joven se soltó de uno de sus brazos para taparse la boca, por miedo a que el coronel escuchara aquella canción lasciva que gritaba el nombre de Manuel. Casi se cae cuando el joven, con voz entre cortada, decía que la quería.

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La red de pesca – Fotografía: Ramón Guerrero

Tres minutos pasaron sin hablar, tumbados en el piso de barro. Hasta que la joven rompió el silencio.

– Manuel. Yo me tengo que i. Mi papá no va a durá mucho sin aparecé por aquí.

– Ay dio mío. Yo tengo que llevale uno vivere a la doña _ Dijo el joven asustado.

– ¿Qué vamo a sé Manuel? _ Preguntó Lucia; sabiendo que aquello que habían hecho podía cambiar toda su realidad.

– Ya la vieja me ha dicho mucha vece que no importa si yo me quiero i de aquí. Tengo una carreta y una betia alitá. Tú ere mi mujel Lucia, y si tu quiere, no vamo junto.

La joven sonrió como si el cielo estuviese a su favor, besó a su amado y cruzó la empalizada para tomar la vasija y volver a casa.

Al bajar, Chepe vio a la doña afuera de la enramada donde estaba el fogón, con la cara como un machete.

– Entonce hijo. Contigo se puede mandá a buca la muelte.

– No vieja, fue que se me ecapó una gallina y en eta ocuridá e difícil agarrala.

– ¿Aja? ¿Y esa gallina tiene nombre?

– Vieja, ute siempre con su cosa.

– Con mi cosa no, que yo no soy pendeja y la sarruga no son de valde. _ Dijo la señora para luego apaciguarse y decir: – Tú sabe que tu helmano puede ayudame en la casa. Mijo, si tú te quiere i, pó vete. Que ete campo no se va a caé si te va. Pero ten cuidaó con lo que te lleva, aquí hay gente que por un gallo mataron a tu papá.

Chepe bajo el saco, sacó los mangos y le dió uno a la doña.

– Vieja. Papi fue el que me dijo: “Vale la pena morí por lo que se quiere.” Mi papá era militar y gallero, si no lo mató la milicia, no quedaba otra muelte para él.

Al terminar de decir esto, Manuel se acostó en la hamaca y toda la noche pensó en su amada mujer y en su carreta.

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Glosario de términos:

Conuco: Parcela pequeña de tierra o huerta destinada al cultivo, especialmente de yuca; suele estar administrada por un único agricultor.

Platanal: Siembra de plátanos.

Manantial: Naciente o vertiente es una fuente natural de agua que brota de la tierra o entre las rocas.

Quisqueya: Nombre literario o familiar aplicado a la República Dominicana, cuyo vocablo aborigen taíno significa «madre de las tierras»

Enramada: Casucha creada entrelazando ramas y pencas de palmeras.

Tinaja: Recipiente de barro con forma de vasija de perfil ovalado, boca y pie estrechos y por lo general sin asas, que se usa normalmente para almacenar agua potable.

Guaracha: Tipo de música originaria de la isla de Cuba
Las fotografías usadas en este cuento fueron tomadas por el autor en el pueblo de Las espinas, Jamao al norte. Moca, República Dominicana.

Canción Lucia.

Autor: rguerreroc89

Amante del arte, Poeta, Fotógrafo, Filántropo, Actor y un gran admirador de la mujer y la naturaleza. Art Lover, Poet, Photographer, Philanthropist, Actor and a great admirer of women and nature #OpenMind #Actor #Fotografía #Poesia

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