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¿Cómo podría definirse la palabra exclusividad cuando se habla de relaciones?

Muchas personas colocan esta palabra como un elemento sumamente importante en las relaciones sentimentales, sexuales o de pareja: “No debería sentir eso por nadie más que por mi” “Si esta con otras personas en la cama, es porque no se satisface conmigo” “No debes mirar a nadie más que a mi”

Podría leerse un tanto extremista en un sentido, o justo, en otros ojos.

Pero a ver, ¿Qué es lo que hace especial el hecho de que una persona sea exclusiva para nosotros en cualquier sentido de la vida? ¿Existe en verdad la exclusividad total? Respondamos estas preguntas tomando en cuenta nuestras vidas digitalmente desarrolladas.

Hay muchas interrogantes sobre el tema del sentido de pertenencia que puede sentir una persona hacia otra, solo que no nos llegan tan definidas que podamos decirlas a penas nos pregunten, sin embargo; hablando del hecho que hace especial el tema de la exclusividad relacional, ¿Queremos que alguien sea solo nuestro en algún sentido, por el hecho de no haber vivido, probado o tocado otras realidades? Para darme a entender mejor hago esta extraña comparación:

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Cada uno de nosotros es un planeta, y nuestras relaciones con otras personas son visitas, alienígenas que vienen y se quedan un tiempo, o se van al poco rato.

Algunos llegan, miran todo y, por malvados o por idiotas; destruyen a su paso lo bonito que hay, dejan huellas de destrucción en su partida y pedazos de las partes dañadas de sus mal cuidadas naves. Otros llegan, aprenden y se quedan, se hacen uno con nuestro ecosistema, descubren nuevas cosas en nuestra inmensidad, cosas que ni nosotros conocíamos, nuevas especies de pensamientos, virtudes y saberes que ponen en nuestro inventario, en la lista de elementos que coexisten en nuestra atmósfera.

Son muchas personas. Van y vienen por que no pueden estar siempre en un solo planeta, al igual que nosotros.

Cuando una persona quiere que alguien no haga algo con nadie más que si mismo, está tratando de arruinar la nave de esa persona, de arrestar parte de él en su planeta y obligarlo a que esa parte de su ser quede ahí, encerrado.

Esta es la gran pregunta: ¿Qué es preferible para nosotros?

  1. Tener a alguien que, con miedos, dudas, indecisiones o por cobardía, deje parte de si en nuestro planeta.
  2. Encontrar alguien que, a pesar de haber conocido tantos planetas como tú, deje gran parte de su ser para regresar al tuyo, porque a pesar de tanta diversidad esa persona elige tu ecosistema, tu atmósfera, tu estratosfera, tu superficie, y la habita de tal manera que los demás planetas son solo una visita amigable, un viaje con regreso, un café improvisado, conversaciones sobre ti; libertad de irse y volver a ti.

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Eso… eso es lo que hace especial el deseo de pertenencia en las relaciones. Todo aquel que desea que otro le pertenezca, está queriendo encerrar un alma, sin embargo, quien entiende y respeta la libertad que tienen los demás de decidir dónde quieren estar y encuentra un ser que, aun sabiendo la libertad que tiene, decide entregarse a alguien por voluntad propia, eso es algo mágico.

Tener la libertad de decidir en qué jaula encerrarse, es también una forma de libertad, más aun si esa jaula nunca está cerrada. Aprendamos a ser libres… y a ser como esas jaulas que alguien decide habitar por que parecen nidos.

“Adoro que, a pesar de tener la libertad de poder habitar otros planetas, eligieras hacer una base en el mío”

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Memorias

– Es una chica linda.

Así la describieron la primera vez que me hablaron de ella. Y no fue exagerando, ella era linda.

No. Ella era extrañamente bonita.

Piel canela, cachetes colorados y una hermosa sonrisa de la que salió un alegre “Hola”

Era de esas personas que conoces y no imaginas que serán si quiera amigos.

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Recuerdo que una noche bailamos. Varias veces bailamos. Un ceñido vestido cubría su tersa piel hasta unas cuantas pulgadas encima de sus rodillas, dejando al descubierto unas hermosas piernas que, a ritmo de merengue se movían, a veces sin ritmo a causa del alcohol.

En cada giro, su cabello lanzaba esporas perfumadas en mi rostro. Aquel olor hacia más cómodo bailar rompiendo las leyes físicas del espacio.

Recuerdo que un día comimos. Tiene el don de comer y no perder la figura. Sonreía y suspiraba con cada bocado. Tiene el candor de una frágil rosa, de esas que, aun en otoño, luchan para no dejar sus pétalos caer y prefieren congelarse en invierno. Entonces sonrió al verme mirándola:

– ¿Que? Tengo hambre.

Me replicó. Lo que a su vez me hizo sonreír.

Su sonrisa podría partir en dos un arcoíris y tomar su lugar. Y su tierno mirar sosegar a la bestia menos dócil.

Recuerdo que una noche cogimos. Quizás no fue el mejor momento, quizás no fue la vida correcta… pero pasó. La tomé de las manos y, como si pidiera permiso para besarla, me acerque tímido. Sentí su sonrisa frente a mis labios y su lengua, amable, me recibió como si su boca fuera mi hogar.

Un beso de esos lentos, de esos que duran unos segundos, tiempo suficiente para que haya aparecido un sentimiento extraño… como si nos hubiésemos conocido de antes.

Sus pechos, los más hermosos que había visto en mi vida, firmes en mis manos y suaves al tacto como nublo frente al aire; orgullosos, cortaron las distancias que separaban su calor de mis ganas. Las ganas de conocer su sabor, el sudor de sus piernas, la esencia que de su piel emanaba.

Al bajar de sus altas montañas por el sendero de su abdomen; por donde agua dulce fluía, llegue exhausto a su valle. Con sed tome del agua de su arrollo y las ondas removían sus orillas.

Al verla allí, con los ojos cerrados; al contrario que sus piernas, sonreí. Como cuando en un sueño estas volando a tu antojo y sientes como tu cuerpo disfruta cada centímetro del viaje hacia el espacio… Así sintió mi cuerpo nadar en sus adentros.

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Entonces sentí aquello, aquel “Clic” que hacen las mentes que, posiblemente, se hayan conocido en otras vidas. Aquella sensación extraña de haber viajado a ese lugar que no conocías, de haber hecho antes, aquello que empezabas a realizar; ese sentimiento de que, esta idea que acabas de tener podría ser un recuerdo.

No podría olvidar que una vez lloramos. Luego de un lindo día caminando en un feo sitio de la ciudad. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus pupilas reflejaban impotencia. Allí pude ver su lado quebradizo, allí se rompió por el simple hecho de pensar  que los demás pensaban de ella, lo que ella no era. La abrace un momento y trate de hacerla entender que no debía dejar que otra persona la dañara, aun cuando ella quisiera a esa persona.

No recuerdo cuando nació nuestra amistad. Si fue mientras bailamos, o cuando comimos juntos. No recuerdo si fue mientras cogimos o cuando sus ojos empaparon mis hombros. De verdad que no recuerdo… Una amistad extraña para nosotros que, de habernos encontrado en otra vida, en otras circunstancias, con otra realidad; quizás aún estuviésemos viajando, yo en sus adentros y ella en mis pensamientos.

 

Fotografía: Ramón Guerrero
Modelo: Cora Gonzalez

19 Lunares

La dosis perfecta de motivación llevaba su nombre.

La espera, un poco de vino barato, un trago; sonrisas, la puerta…su ausencia.

No me dio tiempo a girar cuando su pelo caía cerca de mis hombros. Me sonrió y, amable; saludó.

Su mirada, su índice en la nariz cuando reía… su abrir y cerrar de ojos.

¿Alguna vez has sentido a alguien sin tocarlo?

Como si sintieras sus dedos en tu barbilla y, sin hacer esfuerzo alguno, te halara hacia sí.

“Un poco de alcohol quizás me ayude a controlar mis ganas…” Eso no fue una buena idea.

La música se le metía por la espina dorsal; desde el coxis llegaba a su médula y provocaba, en su cabello; ondulantes movimientos psicodelicos.

Se perdió por un momento, cerró los ojos y, como si hiciera el amor con la guitarra en “A contra luz”; dejo caer suavemente su cuerpo en la silla del bar, deslizando su espalda como si los tonos de la canción hicieran vibrar su físico desde el interior… sonreía como quien encuentra felicidad.

Maldición mía que mi mente no dejara pasar detalles.

Existen tantas cosas que decir en la distancia que existe entre dos mentes que no dejan de mirarse, entre dos cuerpos de polos opuestos, entre dos almas que desean romper; al menos, una ley de la física y hacerse una; aunque sea solo un instante.

Pues, quizás no nos conozcamos lo suficiente, pero, de lo poco que sé; es que una forma en que nos comunicamos es a ritmo de bachata. Sus manos frágiles que me agarran fuerte, que tocan mi espalda y en cada giro me aprietan hacia su centro.

El olor de su pelo, su sonrisa tras la mía, en asincrónica perfección. Sus movimientos mimetizando el viento y sus dedos ardiendo como fuego en mi cuello. Con ritmo tropical sus caderas se balanceaban armónicas, terminando; exactamente cada cuatro tiempos, sus piernas entre las mías, para inmediatamente movernos a la par, como cardumen emigrante.

Era la forma más fácil de hacerle saber las ganas que me provoca contar todos sus lunares. “Tiene 19 lunares en el camino de su boca hasta su cintura.”

Sus benditos labios, que suele morder cada cierto periodo de tiempo, creando una tortura a mis pensamientos. “Es un maldito poema verte ser…” Le dije.

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A penas comenzaba el día cuando una sombra tenue nos arropo, nos vimos cara a cara menos de un segundo, eso bastó para que el tiempo se detuviera y hacer de aquel momento el más largo de toda la noche. Una noche sin luna, su rostro de sol… en sus pupilas una llama.

Aun no sé si fui yo quien la beso o si ella me atrajo psíquicamente hacia su boca. Tan ligero fue al tocarnos que mi mente emblanqueció; tan fuerte fue al sentirnos que mis manos trataban de fusionarse a su espalda.

Su lengua, mis latidos.

Su olor, mis suspiros.

Sus feromonas, mis caricias.

Su adiós, mi “Hasta pronto”

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No, ella no es mi novia.

¿Amantes? ¿Nos pueden llamar así si cogemos aunque yo no tenga pareja?

No sé si tiene pareja, y no me importa, si no me lo ha dicho es porque no le interesa que lo sepa, además de que nunca le he preguntado, y no creo que lo haga tampoco.

¿Qué somos? ¿Tienen alguna necesidad psicológica de ponerle nombre a todo?

 

No sé si es mi alma gemela o si tiene en su dedo, el otro extremo del hilo amarrado a mi meñique. No sé lo que somos, ni me interesa.

 

Es más, llámenlo como quieran.

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Lo que sí sé, es que cuando me besa se siente como si de mi lengua dependiera el oxígeno que su cuerpo necesita. De lo que estoy seguro es, que sus ojos me miran con una lujuria, tan ardiente como gigante roja.

Es directa como cañón de alto calibre, casi siempre da en el blanco; y, si no atina a mi diana, entonces le disparo yo, hasta terminar entre sus labios en un intercambio de disparos.

La conocí después de besarla. Luego de que sus dientes mordieran mi lengua y; a obscuras, sus manos conocían la estructura de mi espalda, no tuvimos tiempo de hablar, o de llegar a un acuerdo, firmamos de mutuo consentimiento la oportunidad que nos había tocado. Yo firme al tocar sus nalgas, ella cuando subió a mis caderas.

Se hizo mi aprendiz al desnudo, y con húmedos argumentos me convenció de ser su maestro. Sin miedo, sin vergüenzas nos entregamos a las tentaciones de la carne; ya no temo al infierno, tiene cielo entre sus piernas.

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Y no, no tiene nombré, ni etiquetas… no declaramos las caricias que nos dimos, ni pusimos una regla o limite cuando ella me llamo “perro” y yo le dije “puta”. No nos ofendimos, ni cuando ella mordió; sin previo aviso mis nalgas o cuando sin aviso previo hale con fuerza sus cabellos.

No nombramos el sudor de nuestros cuerpos, ni le puse algún apodo al arañazo que me hizo en las costillas… Y es que si designo un nombre a lo que hacemos se volverá objetivo, en cambio; si queda innombrado, sin protocolo, sin formalismo… se queda más cercano a lo abstracto más etéreo. Surreal.

Si he de reconocerlo de alguna manera, lo nuestro seria compartirnos, disfrutarnos, cogernos; matarnos y vivirnos. Un complejo ir y venir.

Y así lo vamos a dejar, hasta que ella se canse de pedirme más, o hasta que yo me harte de tener ya menos.

 

Gratitud a Carolin Rosario (Mi Princesa Rebelde) Por inspirar este escrito.

Suicidio Memorable

Es la oportunidad perfecta para perder la vida, ahora que nos hemos perdido entre una multitud de dudas.

En soledad, el ruido en mi cabeza se fortifica y; la oscuridad que dejó tu ausencia se come las luces destellantes de tus recuerdos.

Es el momento idóneo para encontrar la muerte, para segar lo poco que quedó de mí en ti.

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Trato de encontrar palabras en tus labios que se dirijan a mis oídos, sin embargo; todo lo que llega son monosílabos sin emociones, señales sin sentidos y miradas sin compás.

Es el tiempo adecuado para encontrarme, borrarme de tu historia estrujando mi existencia con el pulgar mojado de saliva.

Te volviste intocable, inalcanzable. Culpa mía y de mi cobardía no decidir seguirte al abismo, que es tu ser. Aquel abismo lleno de colores, laberintos y dragones. ¿Qué culpa puedes tener tú de no querer abrirme las puertas de la luna? Pude haberme ido contigo en un viaje sin regreso y rechacé el boleto… No, lo tire.

Desapareceré de tu conciencia, me haré maldición oculta en islas desoladas. Seré ciudad hundida en el mar profundo de tus recuerdos. Pompeya en llamas sin dejar cenizas. Fenix que muere y no resurge.

Seré suicida en tus pensamientos, inexistente en tu pasado, improbable en tu futuro.

Pondré todas mis fuerzas para que logres olvidarme, aunque tengo toda la confianza de que tú, puedes hacerlo sola.

Aún me olvides, mi suicidio en tu mente será memorable.

Fotografía: Ramón Guerrero
Modelo: Nathaly Díaz